NOVELA - Un hombre al atardecer (fragmento.)

No recuerdo bien cómo fue que lo conocí, pero me atrevería a pensar fue una noche en casa de tía Victoria, dama soltera, cuyo trato amable y gentil tenía la propiedad estimulante de los buenos vinos por su desbordante pasión para organizar cuánta reunión social se pudiera imaginar bajo cualquier pretexto: ya fuera sobre política, donde militaban sus más apreciados amigos, o bien, sobre subastas de antiguallas para recaudar fondos a favor de niños abandonados, lo mismo para proteger la fauna silvestre de sus devastadores efectos por el comercio ilícito. O como mecenas de alguno que otro artista joven, de aquellos que exhiben dudosos y estrafalarios temas en periodo de experimentación. El caso fue que cuando llegó de Cartagena de Indias fue bien recibido y hasta aceptado en los salones por las principales familias de Bogotá gracias a su personalidad franca, definida, su palabra fácil, y los modales pulidos que demostraban procedencia de buena clase.

Y lo era. Su familia pertenecía a aquella élite pionera industrial de comienzos del siglo XX del litoral caribe, donde el mayor de sus hermanos destacose como médico neuro-cirujano, lo que le valió ser honrado con el Premio Nacional de Medicina en más de una ocasión, galardón destinado a científicos que hubiesen sobresalido en investigación y aportes para el desarrollo de la profesión médica en Colombia. Estos logros por su hermano lo llenaban de gratificante orgullo al igual que le servían de acicate para abrir puertas y ganar voluntades, como lujosa tarjeta de presentación. Y además, porque en sus mocedades había incursionado en deportes de alto riesgo, y torneos de boxeo, --en peso mosca--, con resultados adversos que lo desilusionaron y lo inclinarían luego al tenis, ese sí, con algo de futuro, experiencias aquellas y otras que enriquecieron su hoja de vida para impactar a extraños.

Por el tiempo que lo conocí estaba divorciado y con tres hijas adolescentes. Sin embargo, hablaba poco y nada sobre su familia y eludía con amabilidad cualquier tema que tuviera conexión con su pasado. De la noche a la mañana apareció con un libro, El Arte del Visitador médico, según él, de su autoría; con éste, y medrando al amparo de los pergaminos de su encumbrado hermano se dedicó a dictar conferencias y cursillos de relaciones públicas y de ventas con resultados económicos sorprendentes. Pero lo que ganaba con una mano se le escurría por entre la otra. Se apasionó hasta la demencia por una joven a quien llevaba la delantera en algo más de veinticinco años. Una noche ella lo abordó para pedirle un cigarrillo y de paso algún dinero para comer, y por añadidura contarle cómo había abandonado sus estudios de bachillerato y su familia en Cali para unirse a un grupo de muchachos en plan de rumba, que a esa hora la estarían esperando en una población del Tolima con balneario concurrido, a sólo unos cuantos kilómetros de la capital. Ávido ante los encantos de la chica, sin meditarlo se convirtió en su protector. Este era el flanco más desprotegido de su personalidad: querer ser el padre de cuánta mujer joven y con problemas se topara por el camino. Entregarse a esa posibilidad se tornaba en necesidad inaplazable, porque de hecho lo convertía en un compañero absolutamente indispensable, y como consecuencia, amado por aquellas mujeres que se enredaran en su particular urdimbre sentimental. Así que con el tinglado apropiado y dispuesto, persuadió a la chica para que se quedase un tiempo con él y la hospedó en un exclusivo hotel poniendo a su disposición ajuares finos, que ella rechazó, - sólo aceptó un par de jeans y algunas blusas de hilo, bien escotadas y ceñidas - desplegando todo el encanto y dominio de varón curtido para penetrar en el corazón de la despistada jovencita. Pero cuando quiso conocer algo más de ella, ésta le contestó: El nombre y lo adjetivo de un ser humano es lo de menos; lo que cuenta es la persona. Llámame Amapola, como me dicen mis amigos. Y a propósito, ¿cual es tu nombre? -Mario--, respondió él--. Y cuando quiso añadir su apellido la joven le indicó con el índice puesto sobre los labios, que guardase silencio.

De allí en adelante fueron días de esplendor y la entrega fue sin restricciones. La bella joven diestra en las artes de la seducción lo introdujo por entre sendas insospechadas de erotismo gratificante, y él a su vez, le correspondió con joyas, perfumes, cenas íntimas en lujosos restaurantes de moda y le trazó un porvenir alucinante viviendo unidos por el amor en el extranjero. La chica estaba encandilada; nunca jamás le había sucedido algo semejante; se sentía cobijada por una sensación de seguridad afectiva que únicamente había experimentado durante su niñez, cuando sus padres aún vivían unidos por el matrimonio. Sólo que meses después la invadió el aburrimiento y le manifestó, sin preámbulos, sus deseos de proseguir viaje para encontrarse con sus amigos, entre ellos su novio. No valieron súplicas ni promesas, incluso la muy comprometida de casarse con ella. La chica lo miró con ironía y soltó la risa. Amapola es libre y quiere seguir siéndolo. Pero llegaron a un acuerdo: Mario la seguiría en su aventura. No puedes llegar donde mis amigos con esa facha, le dijo, cuando se percató de que él vestía traje tradicional con camisa y corbata. ¿Qué debo hacer? Ponte un jean, unas sandalias y camiseta informal, le aconsejó ella. Y diciendo y haciendo, por el camino Amapola lo aderezó con manillas tejidas en cáñamo silvestre, collares de cuentas de colores teñidas con dividivi y chaquiras trenzadas, compradas a los indígenas de la Sierra Nevada, para ponerlo a tono con su nueva vida trashumante. Él, apenas sonreía por las ocurrencias de la joven, y gustoso se dejaba hacer.


La gran autopista se convierte en carretera y penetra por entre la cordillera camino al sur, a las tierras bajas y ardientes de los llanos del Huila y el Tolima, pero se angosta para vadear el Boquerón, frente al abismo que conduce raudo al río Sumapaz, afluente del gran Magdalena. Al tomar la curva para empalmar la recta que desemboca en Melgar, un veraneadero popular, la enorme roca al ser dinamitada para darle paso a la vía dejó al descubierto una protuberancia que la gente llama La nariz del diablo. En esos parajes las altas montañas cuentan con muchas cavernas que los hippies han adaptado para sus lugares de reunión masiva con miembros venidos de muchas partes del mundo. Como el clima es constante todo el año, de veinte a veinticinco grados centígrados, el sitio es un edén para chicos y chicas que viven sus particulares aventuras. Y hasta allí llegaron Mario y Amapola. Ella se dirigió muy segura y conocedora del lugar hacia un sitio en el recodo de la montaña y se encontró con varios jóvenes de ambos sexos, que la recibieron con sorpresa, pero con expresivas muestras de cariño y deferencia: ¿Mujer, dónde te habías metido todo este tiempo? Le preguntaron. Amapola eludió la pregunta, no dio ninguna respuesta pero de inmediato se integró al grupo. Tampoco presentó a Mario y no fue menester; nadie quería saber de quién se trataba esa persona. Mario esperó un rato, pero como no obtuviera ninguna indicación dirigióse a la chica y preguntó: ¿Bueno, dime cuál es mi papel aquí, qué debo hacer? ¡Búscate un lugar y simplemente descansa! Fue la fría recomendación. Dócil ante la respuesta de la joven, tomó un rincón, acomodó sus pocas cosas en una saliente de la roca y se dedicó a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Ninguno le dirigía la palabra; ¡como si no existiera! Entonces pretendió entablar conversación con una pareja cercana que se besuqueaba. ¡Extasiados, como si no existiera el mundo, ni se percataron de su intento! Así fue durante la primera noche y el primer día. Amapola de pronto cruzaba por cerca del sitio donde recostado y somnoliento él miraba discurrir las horas. La chica le sonreía con fingido formalismo, pero nada más. Durmió las más de las horas y cuando lo acosó el hambre rebuscó entre sus trebejos encontrando un poco de maní envuelto en chocolate que devoró. Desesperado, al tercer día se le ocurrió salir, tomar un vehículo e ir a la población más cercana, comprar comida y algo de licor para compartir y ganarse la amistad del grupo. Regresó con su compra muy alegre y puso a disposición de todos trago y comida. Sin darle las gracias, como si fuera algo propio y obligado, cada cual se sirvió la comida, tomó del licor y alejáronse de su presencia. Para los muchachos realmente aquel extraño no existía. Entonces, Mario de allí en adelante optó por salir al medio día al pueblo, alimentarse, emborracharse hasta perder el sentido y volver a la cueva a esperar que la chica reaccionase en alguna forma en su favor. La espiaba, y descubrió que Amapola tenía sexo en público con su amante, un joven de no más de veinte años que había sido entrenador de tenis en un club de Bogotá. Sin proponérselo se comparó con su rival y esa fue una dolorosa espina que atravesó su corazón. Los muchachos observaban el acto impúdico como si fuera de lo más natural, y los imitaban en su orgiástica promiscuidad. Todos tenían sexo con todas. Mario observó que las chicas que deseaban tener más de una relación esperaban desnudas, dispuestas, acostadas en sus camastros en el suelo compuestos de ponchos o ruanas, para mitigar la rigidez en el piso de granito. El varón, que en apariencia escogía, se posesionaba del sitio abandonado por el anterior y comenzaban el acoplamiento físico sin ninguna muestra afectiva, sin dirigirse siquiera la palabra. Actuaban como sonámbulos por los efectos de la yerba y el licor, o los fármacos prohibidos; y a continuación danzaban frenéticos al son del rock metálico que vertían a chorros discos en consolas y aparatos de radio esparcidos por los rincones, activados por baterías. Mario se propuso entrar en la honda, y se proveyó de marihuana, aprendió a liar baretos para fumarlos y una vez, bien ido, pretendió ocupar el lugar que había dejado un joven; pero la chica lo miró sin sobresalto, se rehusó, cubrió su desnudez y se puso de pie, sin darle ninguna explicación. ¡Esa noche, Mario lloró sin hallar ningún pretexto a sus desbordados sentimientos!

Después de pensar y escudriñar entre los pliegues de su intimidad, llegó a la conclusión que su permanencia en aquel lugar era para liberar a Amapola de su crisis de identidad, lo que la podría sumir en un abismo sin regreso. Y para eso él estaba allí, para evitar el desmoronamiento de la díscola e inconsecuente jovencita. Le probaría quien era él y la sinceridad de sus sentimientos. Y con tan válido argumento se apaciguó dispuesto a esperar. Para paliar su lacerante melancolía y soledad, compró de algunas revistas y libros cuya lectura le ayudó a distraer la mente. Comía de alguna manera bien y bebía abundante agua embotellada, siempre a las espera de tener algunas palabras a solas con Amapola. Pero cuantas veces intentó, la chica lo eludía con los recursos de la amabilidad. No obstante, Mario no se daba por vencido; sólo era cuestión de hallar una oportunidad, ¡y la encontró!
El grupo de chicos aquella mañana estaba en especial alegre y expectante. Un miembro muy querido de la patota que se había rezagado estaba por arribar. Se trataba de un pintor exitoso que regresaba luego de participar en la Bienal de Sao Paulo; y en efecto llegó, y fue tal el alboroto que siguió a su encuentro, que la muchachada en su honor le dedicó una orgía de tres noches con sus días. Cuando los efectos de la resaca disminuyeron, Mario algo corrido por las experiencias anteriores se acerco al pintor y se presentó. El joven lo miró estupefacto, y para disimular preguntó: Dice usted, ¿que es de Cartagena? ¡En efecto! Respondió, Mario. ¡Ah, qué bien! Yo soy de Medellín; conozco muy bien Cartagena, allí fui discípulo del maestro Obregón. Y dígame, ¿cuál es el motivo de su presencia en este lugar? --¡El amor!-- Fue la respuesta inmediata de Mario. --Es un buen motivo--, dijo el joven artista, con una expresiva sonrisa que le inundó los labios.
¡Por fin había encontrado alguien con quien cruzar un par de palabras! Y después de una pausa propuso el pintor ¿Nos vemos luego? ¡Te lo agradecería! --contesto el otro con agradecimiento.

Las horas que siguieron las consumió Mario dando rienda suelta a una sucesión de imágenes en las cuales los únicos protagonistas eran Amapola y él mismo. Esta era otra de sus debilidades: ¡pensar con el deseo! Su mundo era profuso en imágenes, pero todas desprovistas de realidad. Con sólo proyectarlas y dejar que siguieran un curso armonizado con sus necesidades afectivas para él era suficiente. Veíase unido a la muchacha por afectos tiernos y permanentes, gozando sin límites de sus preciosos encantos de mujer, dueño absoluto de su voluntad, de su mundo, sin interferencias ajenas al sabor de las mieles de un amor sin consecuencias. Aunque lo devoraba la ponzoña de los celos, para liberarse mezcló una buena dosis de antídoto sentimental mediante un razonamiento finamente elaborado. Ella no era consciente de sus actos, no se entregaba por amor como lo había hecho con él. Lo sabía, lo había experimentado leyéndolo en los ojos de la jovencita. Cuando esta turbia experiencia hubiese transcurrido, todo tornaría a su nivel adecuado y él estaría dispuesto, no sólo a perdonar, sino a transformarla en un ideal de mujer como ofrenda para sí mismo. ¡Por su constancia y su amor, se lo merecía!

Aquella mañana las chicas actuaban con juvenil alborozo, y afanosas buscaban entre sus morrales cintas, pañoletas, bisutería, cosméticos y toda clase de adornos personales. Gonzalo, el pintor, tomaría tres de las finalistas en un concurso elaborado entre ellas mismas para pintar sus retratos en el estilo que las favorecidas escogieran de entre tres modelos previamente establecidos. Y fueron seleccionadas, Mónica, una trigueña de facciones indígenas, cutis olivo con grandes ojos verdes, en un alarde de maravilloso contraste natural, quien pidió su retrato como la Mona Lisa; otra, costarricense, Aleida, rubia y con rasgos clasicos, dijo posar para ser de Ginevra D´Bancí; y por último, Scarlett, barranquillera, hija de inmigrantes libaneses, que exigió ser La joven del arete de perla, de Vermeer. Amapola se sintió desolada por no clasificar y se aisló en una amplia hornacina de la peña con el rostro empapado en lágrimas. ¡Nadie le puso atención! Mario aprovechando la ocasión se acercó, la abrazó y consoló, asegurándole que ella era la más bella, pero que el jurado había actuado con mucho de sesgo al momento de elegir. Ambos se sentaron en el piso, y él aprovechó para hacerla entrar en razón y que abandonase aquel lugar retornando a Bogotá, donde fijarían los programas que mejor conviniesen a los intereses de la chica. Al cabo de un rato de escucharlo ella le respondió ¿Será que tú tienes la razón, Mario? ¡Qué bello eres! Déjamelo pensar, no quiero equivocarme.
-Por supuesto, ¡tómate el tiempo que sea necesario!--, garantizó él, bastante esperanzado.


Entre tanto el pintor con asombrosa destreza había terminado el primer retrato que causó sensación; cuando se disponía a terminar el segundo, ya estaba bruñido por numerosos elogios, por lo que se preparaba a posar la tercera jovencita, quien había despertado todas las expectativas posibles porque su parecido con la modelo original del Holandés era en verdad asombroso. Las otras chicas le organizaron el turbante indicando cómo debía entreabrir los labios húmedos con naturalidad hasta conseguir una rica expresión de sensualidad. ¡El resultado fue colosal! Impresionado, Mario se acercó al artista, lo felicitó y le dio un fuerte abrazo, bajo la censura de los presentes por ese gesto tan descaradamente burgués del advenedizo acompañante de Amapola. Al rato, Gonzalo hízole señas a Mario para que se acercase murmurando en voz baja: Mientras éstos se traban vámonos y organizamos nuestro propio programa, ¿de acuerdo? ¡listo! confirmó Mario satisfecho por la oportuna idea del pintor.
Luego de escabullirse, descendieron hasta la carretera y allí tomaron un autobús que los condujo a Melgar. En el pueblo se decidieron por un rumbeadero que a esa hora estaba atestado de turistas, con dos orquestas, y alguna que otra mesa donde charlaban animadamente varias chicas sin parejo luciendo descaderados de moda despampanantes y atrevidos Se ubicaron cerca de la pista de baile ordenando una botella de aguardiente frío con pasante de cascos de frutas frescas. - La temperatura, pese a la brisa fresca que se desprendía del río, alcanzaba los treinta grados centígrados--. Mientras saboreaban el licor, entre charla y charla se dedicaron a explorar algunas posibilidades de compañía femenina frente a dos jóvenes que seguían sin aparente programa después de prolongado tiempo en una mesa cercana. Gonzalo tomó la iniciativa y les envió refrescos; ellas aceptaron y contestaron con muestras de agradecimiento agitando las manos hacia ellos. Así que cuando consideró prudente se acercó, se presentó, y las invitó a la mesa. De inmediato las dos chicas voltearon a mirar a donde estaba Mario y lo disolvieron con mirada escrutadora, rehusando la invitación, argumentando que esperaban a alguien. Gonzalo entendió la negativa de las chicas y regresó a la mesa. Mario no hizo ningún comentario pero, captando lo sucedido, se sintió cohibido.

Disipado el suceso, los amigos se enfrascaron en una conversación sin horizonte. Gonzalo después de observarlo a hurtadillas le preguntó la edad. --Estoy cercano al medio chorizo--, respondió Mario, que sintió sobre sí todo el peso del análisis ponderativo del pintor. Y para escapar a la incomodidad del momento echó mano de una muletilla para decir: ¡Estoy francamente admirado por el trabajo en los retratos de las chicas!
--¡No te asombres!--, le explico Gonzalo--. El asunto es muy fácil. He reproducido esas copias decenas de veces y sé de antemano, cuáles son los colores y mezclas a usar; además, si las observas con detenimiento padecen de muchos errores.

Aburridos sin acompañantes, al cabo de un rato optaron por visitar un bar cercano donde contrataron varias mujeres para bailar, beber y no pasar la velada en blanco. Cuando se extinguió la borrachera abandonaron el lugar ya avanzado el día, como a eso de las once de la mañana, y regresaron a las cuevas. Pero al llegar no encontraron a nadie, por ninguna parte. Recorrieron y exploraron el lugar por todos los rincones infructuosamente, hasta que Gonzalo exclamó: ¡Por todos los demonios, si entramos en Diciembre! Deben haberse dirigido a la costa para ocupar los mejores lugares durante la temporada de fin de año. Mario, guardó silencio, pero sintió que el piso se hundía a su alrededor, y un vacío en el pecho semejante al que se sufre por la pérdida de un ser querido. Afanoso buscó por entre los rincones de la gruta alguna seña, un mensaje, un solo indicio, que le pudiera haber dejado Amapola para así orientarlo y llegar a su encuentro. No había nada por ninguna parte; pero sí reparó que sus pertenencias estaban tal y cual las había dejado el día anterior. Y, nada más...

Mientras decidían cuál sería el plan a seguir, descansaron sobre una saliente de la roca y charlaron hasta bien entrada la tarde. Gonzalo lo introdujo, mediante imágenes bien definidas, sobre el mundo de ilusiones de aquella juventud sin esperanza.
-Yo caí durante mucho tiempo en ese cataclismo de equivocaciones, cometí los excesos más degradantes y estuve a punto de un hundimiento sin remedio. El arte fue mi salvavidas--explicó el pintor.-Para rescatarme mis padres organizaron un viaje a Cartagena y allí conocí a varios pintores destacados y tuve la fortuna de ser admitido en el taller del maestro Obregón, quien además de ser un padre, sus consejos y orientaciones acertadas fueron formando en mí un nuevo carácter que me sacó adelante. Sin embargo, seguí la amistad con el grupo. Son como una hermandad. No se puede renunciar del todo a ese mundo de vértigo alucinante; escapé sí, del alcoholismo y de la droga, gracias a la bondad de Dios.
Luego cambió de tema dirigiéndose a Mario: --Me extrañó mucho tu presencia en las grutas--, comentó--, pues los chicos conforman una juventud recelosa, resentida e iconoclasta. Al mayor de treinta años lo consideran una momia, un andrajo, lo apodan ga-ga y lo detestan sin contemplaciones. Para ellos es el exponente de una sociedad que los engañó y los dejó sin metas aparentes. A pesar de que sin excepción son hijos de familias muy adineradas.
--¡Ahora me explico todo!--, respondió Mario con amargura.
--A propósito, ¿puedo saber de quién se trata, o mejor, de quién se trató tu infortunado amor?
--¡Por qué hablas en pretérito!--, le reprochó, Mario. Y luego añadió para contestar a la pregunta--, sí; fue, Amapola...
--Sé a quién te refieres... confirmó Gonzalo. Y guardó silencio.
Mario tradujo aquel silencio como un mensaje pesimista por parte del pintor y se abstuvo de seguir interrogándolo.
Entrada la noche el pintor decidió viajar al sur y en Ibagué tomar un vuelo para Medellín; mientras que Mario no encontró otra opción que abordar una flota intermunicipal y regresar a Bogotá.
Se despidieron con muestras de explicable afecto deseándose mucha suerte para el porvenir.

Episodio dos.

Jacinta Naar, fue una mujer con suerte. Sus ancestros habían escapado del yugo de la dominación turca que invadió el Asia Menor y emprendieron viaje a tierras americanas, donde el viejo Samir, su padre, se estableció y abrió tienda de comercio al detal en Arjona, una pequeña población del Departamento de Bolívar, en Colombia. Su tesonero trabajo bajo el peso de una enorme valija de buhonero de puerta en puerta, le procuró gran éxito económico, y con el producido comenzó a comprar tierras y más tierras, donde fundaría gran hacienda ganadera y agrícola con sembradíos de palma africana para extraer aceite, que bautizó Luna de Miel, en honor de un posible enlace que vislumbró a distancia. Y en efecto, afianzando el futuro organizó casa y se trasladó a vivir a Cartagena, donde conoció a Concepción Bonilla, se casó con ella y fundó una respetable familia. De la unión nacieron seis hijos, falleciendo tres. Entre los sobrevivientes se hallaba Jacinta, la menorcita, la pechichona del viejo Samir. La chiquilla le tenía aversión al estudio y a todo lo que significara esfuerzo, convirtiendo a la madre en cómplice de sus caprichos, bajo las protestas justas y razonadas del consternado padre. Los dos hijos hombres, por fortuna, siguieron la ordenada senda paterna, y a poco se convertirían en aventajados periodistas, industriales, comerciantes y políticos, con excelentes conexiones en el alto gobierno . No así Jacinta que recién superada la adolescencia se encaprichó de un hombre pobre y trotamundos que llegó en un barco desde Martinica y sentó planta en la ciudad como fabricante de instrumentos musicales en un barrio de Cartagena, cercano al muelle de los Pegasos. Pero como Jacinta era la única mujer y además la \mascota\ del matrimonio, la proveyeron con largueza sus padres con una cuantiosa dote compuesta de tierras, alhajas y sumas importantes de dinero en efectivo.
A los diez precisos meses de su matrimonio nació Diego, chico inteligente y dócil; y al año cumplido del primero, otro varón, con el desencanto de la madre, que esperaba con mucha esperanza una mujercita- -- Las niñas son una bendición de Dios, una compañía--, explicaba Jacinta--. Los hombres son de la calle, de la novia, de la esposa, y tan pronto pueden forman redil aparte y jamás se acuerdan de sus padres. Y tal vez para mitigar esta falla en la voluntad de Dios, Jacinta le dio trato de hembrita al bebecito. Lo vestía de organdí, de muselina, con zapatitos de raso y hasta le ponía pollerines. Le tomaba el brevísimo miembro jugueteando y lo aprisionaba con los labios mientras le preguntaba: ¿De quién es este gusanito? El chiquitín respondía con carcajadas y se encogía como un ovillo ante los retozos estimulantes de la madre. Y como el muchachito era de verdad precioso, con su cabellera rubia y sus ojos azules, muy dulces, desplazó todo sentimiento afectivo e hizo de él la única entretención de su mente infantil. Lo bautizaron Mario, porque el abuelo que era fanático de la historia metió baza en recordatorio de Cayo Mario, el siete veces cónsul del imperio Romano, esperando que con tal apelativo el nieto alcanzara elevadas metas en la vida pública. Pero no fue así. Porque de allí en adelante todos los mensajes afectivos entre madre e hijo fueron equivocados. La permisibilidad de la madre y el desatino para su educación y manejo, sobre la debilidad de satisfacerle todos sus caprichos de inmediato, fue desastrosa y sentó los cimientos para ir modelando un ser egoísta, brutal y caprichoso, con absoluta distorsión de la realidad frente al mundo. Sólo primaban en el parvulito las más primitivas apetencias. El padre del chico nunca tuvo velas en ese entierro y no opinaba, porque el dinero provenía únicamente de su mujer. En contraste, Diego era suave de trato, responsable y estudioso. Aprendió a leer de corrido con solo cuatro años de edad y desde ya se vislumbraba en él su genio para escalar altas metas en la sociedad de entonces. Lo que despertó los celos urticantes en Mario, que veía en su hermano mayor un rival de cuidado para disputarle al amor de la madre. Sobre cualquier pretexto lo agredía sin misericordia y estuvo a punto de lesionarlo gravemente cuando lo lanzó brutalmente escaleras abajo causándole dolorosas hematomas. Diego había recibido de regalo una pareja de gatitos y una noche una criada sorprendió a Mario a punto de prenderles fuego, luego de empaparlos con gasolina. Estos y otros hechos violentos demostraban el verdadero espíritu de la criatura ya en plena adolescencia. A tal punto, que los padres acordaron separarlos para evitar una tragedia. Mario se quedó en casa y Diego fue internado en un colegio de jesuitas en Bogotá lo que moduló un carácter serio, estudioso, sobre normas de rigidez moral y académica. Se graduó con honores y emprendió estudios de medicina en una destacada facultad de la capital; y de contera, se especializó en el exterior, ocupando luego lugar destacado en el ejercicio práctico y científico de la ciencia médica. Mientras, el jovencito Mario se revelaba contra el estudio y cada día iba demostrando su carácter díscolo, parrandero, de perdulario tumba locas y perdonavidas. En la mente del muchacho no había cabida para la lógica, ni para el sentido de lo diferido en sus exigencias explosivas. Los recursos válidos los sustentaba solamente sobre deseos respaldados por la violencia. Como renunciara a las clases, cada vez se inventaba alguna salida en plan de finanzas para buscarse medios que le permitieran vivir sin tener que recurrir a los padres y eludir cualquier clase de control sobre sus ingresos y su conducta. Pero jamás persistía, y fueron muchos los proyectos que quedaron a mitad de camino con grandes pérdidas en actividad y capital. Lo que sí era válido en él, eran sus correctos modales en público, su conversación fácil, y una empatía avasalladora que le tendió puentes y le abriría puertas difíciles. A los diecinueve años contrajo matrimonio con una damita de la encumbrada sociedad Cartagenera, para pasmo de muchos que sí conocían de las fisuras en su carácter. La vida para la joven esposa se transformó en un pandemonium. La maltrataba con fuertes golpizas por las más nimias razones y le fue infiel con cuanta mujer hallara en un alarde pavoroso de machismo desenfrenado. Las agresiones le venían del fondo porque una intuición distorsionada lo persuadió de que la infeliz dama significaba una rival peligrosa que lo alejaba del afecto tierno y permisivo de su amorosa madre. Visto el asunto así, la relación con su esposa significaba una negación de su voluntad frente a sus instintos desbordados, una camisa de fuerza, que no estaba dispuesto a permitir, y a reivindicar permanentemente con muestras de violencia. Carmen Pombo de Zubiría que lo amaba con veneración, siempre pensó que la conducta de su cónyuge era el producto de su juventud y llena de esperanza se propuso esperar tiempos mejores.
Con su labia fácil, Mario convenció a la madre de que lo financiara para montar una cuerda de boxeadores, que al comienzo tuvo resonante éxito porque obtuvo dos títulos mundiales para el país. El declive comenzó cuando enroló a un gigante medio idiota para hacerlo peso pesado por su corpulencia. Convencido del éxito, lo presentó en una pelea muy publicitada en Panamá. Pulgarcito, el tal peso pesado, fue literalmente masacrado por su rival y Mario perdió mucho dinero en apuestas a favor del coloso criollo. Y de paso se hizo a la sanción del Comité internacional de Boxeo, que le canceló la patente por lo de las apuestas. De allí pasó al arte, como financista. ¡Y ahí sí que fue un bochornoso espectáculo! Por influencias políticas obtuvo un contrato para levantar la estatua del Libertador en la plaza principal de Chiquinquirá, Departamento de Boyacá, para conmemorar no sabe bien cuáles efemérides. Y cuentan que para la obra echó mano de un escultor anónimo y declarado gay, por pagarle barato, quien vio en ese reto, y en la posibilidad de esa obra, el afianzamiento de su personal condición. De manera que cuando la escultura fue descubierta para su ignaguración frente a las fanfarrias del ejército y la presencia de las autoridades, el talante de Bolívar apareció en una pose tan poco varonil, tan ad hoc a las ilusiones del artista, con el talle diminuto, la cadera al costado, las manos sueltas a la altura del pecho, y sonrisa coqueta, que después del estupor pasó a la hilaridad y de allí a la furia desenfrenada de todo un pueblo que asistía alborozado al acto patriótico. Para constancia histórica la estatua todavía persiste sobre su pedestal...

Episodio tres.

Carmen esperó varios lustros el milagro de que su esposo, a quien seguía amando pese a su conducta desordenada y agresiva, tuviere un cambio favorable y asumiera su papel de consorte amante y respetuoso. ¡Nunca perdió la esperanza! Su estado de ánimo lo convirtió en permisiva pasividad de espíritu, desequilibrada y sometida. Sólo el amor y la consagración a criar sus hijas la mantuvo firme y sosegada por mucho tiempo. En un corto viaje que hizo a Santa Marta para unas vacaciones conoció a los esposos Mendoza Azuero, pareja que venía de un largo viaje por Europa. El barco proveniente de Miami los arribó allí. Él, era médico muy próspero en su profesión y también como cultivador de arroz en el Tolima, donde contaba con dos grandes molinos que procesaban el grano para surtir a todas la poblaciones y ciudades cercanas a su negocio en Venadillo. Ella, una fina dama bogotana de vieja estirpe y firmes tradiciones santafereñas. Uno de sus antepasados firmó el Acta de Independencia el 20 de Julio de 1810. El médico era casado en segundas nupcias, porque su primer matrimonio fue anulado por un tribunal eclesiástico sobre la prueba de que el compromiso había sido sustentado en la condición de no procrear hijos. La amistad entre las dos damas se tornó sincera y permanente. Cuando el tiempo y sus ocupaciones le daban un respiro, Carmen venía a Bogotá a visitar a Sara y se hospedaba en su casa con las más esmeradas atenciones. Santiago, el médico, era un contertulio de buenos tragos, amable y de un humor a flor de piel. Se torcía de la risa cuando le contaba, cómo se habían librado de unos maleantes en Rio de Janeiro. Por esa época, y para combatir una leve alopesia, se hizo rapar completamente la cabeza y vestía todito de blanco. En una callejuela cercana al hotel donde se hospedaban, mientras se regalaban con un corto paseo, los asaltaron tres sujetos mal encarados con enormes cuchillos para despojarlos de sus pertenencias. Fue tanto el pavor del médico, que dejó escapar un estridente y agudo alarido. Los maleantes pensando que se trataba de un karateka por su estatura y apariencia, huyeron despavoridos.
Con el tiempo Carmen se enteró, por cotilleos de su amiga, que el fuerte de los ingresos del médico provenían del ejercicio delictivo de su profesión, practicando abortos en una época que tales intervenciones eran severamente castigadas por la ley.
Por aquella época Mario, que nunca visitaba Bogotá, pero que atendía en Cartagena a la pareja y le procuraba atenciones de esmerado refinamiento social, accedió a una invitación de Sarita y se vino a la capital, con todos los gastos pagados. De manera que entre los cuatro se cimentó una simpatía segura y permanente. Entre trago y trago el médico le fue contando a su amigo cartagenero toda su vida privada. Mario se enteró de la existencia de Mabel, la querida del médico, cuya fotografía conoció. Y también de sus grandes debilidades. La vida de Santiago se ofrecía como un cofre abierto para contestar los muchos interrogantes que invadieron a Mario. Sin embargo, siempre fue leal a las confidencias del amigo.
La vivienda que ocupaban Sara y Santiago era una enorme y antigua mansión en el barrio La Magdalena, sitio exclusivo de la sociedad Bogotana, casona solariega, compuesta de dieciocho habitaciones, grandes salones y amplias cocinas con todas sus baterías, incluidos espaciosas neveras y refrigeradores para el acopio de viandas en épocas de esplendor en las recepciones que solía organizar su hermano Carlos, diplomático de carrera y por entonces embajador en Roma. La casa era de dos plantas. En el primer piso, parte anterior, el médico organizó su consultorio compuesto de dos recámaras, la primera como recibidor de sus pacientes y la otra, el consultorio propiamente dicho, con un pequeño escritorio, mesa con toallas higiénicas, una camilla para intervenciones ginecológicas, autoclave para esterilizar instrumental, un sofá de reposo para las mujeres recién intervenidas y un sillón de cuero para descanso del galeno. Ese lugar era su sanctorum y el acceso era absolutamente prohibido mientras estuviera en ejercicio de sus función, incluso para Sara que fungía de enfermera y secretaria. Era tan diestro y dotado del instrumental adecuado, que mientras otros médicos dedicados a los mismos menesteres gastaban hasta dos horas en cada legrado, Santi los despachaba en quince minutos. De manera que su fama era enorme, hasta el punto de que también fue muy perseguido por las autoridades policivas. Estuvo varias veces detenido, pero la oportuna intervención de un afamado abogado de apellido Cisneros, lo libró de la cárcel. Venían pacientes de todas las ciudades del país y del extranjero. Entre todas éstas, una monja, sister Clarence, de un encumbrado colegio religioso donde se educaban las niñas de familias adineradas de la capital, quien fuera luego noticia en un crimen pasional en un hospicio de mujeres abandonadas.
La monja congenió de inmediato con Sara y la hizo su confidente. La religiosa de origen Inglés, alta, enjuta, de piel blanca, con los cabellos castaños claros apenas recogidos con un broche y sin ningún maquillaje, ofrecía la imagen de una institutriz salida de alguna novela del romanticismo. Pasado su mal rato le confió a su amiga, cómo había sido su embarazo fruto de una relación fugaz con un primo llegado de Australia. El joven alto de porte atlético, vino a Colombia y ambos viajaron a San Juan de Girón, hermosa población en Santander, con fuerte semblanza española, a sólo veinte minutos de Bucaramanga, para temperar, conocer los grande sembrados de tabaco y piña y de paso hacerse leer las líneas de la mano y descifrar las cartas de la baraja por las descendientes de viejas gitanas, quienes atraídas por la singular belleza del lugar, a comienzos del siglo habían formado una importante comunidad de zíngaros con gente inmigrante, en su mayoría oriundos de Rumania y Hungría.
El panorama impactó a la pareja. La amabilidad de los lugareños y el mismo pueblo compuesto por innumerables casitas pintadas de blanco en sus tapias y muros de calicanto, las puertas y balcones en terracota y sus tejas rojas, les ofreció una visión de pueblo mágico, como de pesebre navideño. Almorzaron y ese mismo día, a las tres de la tarde, los recogió frente a la posada un viejo landó, con cochero de librea en el pescante, que los condujo por entre callejuelas empedradas y adoquinadas con recovecos que se perdían sobre las verdes y suaves colinas. Regresaron a eso de las seis de la tarde y ella acompañó al chico de veinte años a su habitación. Mientras él se daba una ducha, ella hablaba de cualquier cosa. El hombre salió semi desnudo, cubierto de la cintura hacia abajo con una gran toalla. La hembra que había en la religiosa casi se priva. Se arrimó al hombre con el pretexto de ayudarlo y sin reprimirse lo beso con frenesí. De allí en adelante vivió los delirios de una mujer fogosa sin las ataduras de sus represados instintos; pero como carecía de experiencia fue fácil que quedase embarazada. El primo nunca se enteraría de la situación y viajó a su destino diez días después. Cuando ella quedó sola, al alba de un día cualquiera, se despertó y comenzó en sí misma un arrepentimiento que le quebrantó el ánimo prorrumpiendo en sentido y copioso llanto. No obstante acudió a la cita con una joven gitana que le leyó el porvenir. Leo un tremendo fracaso en tu vida y debes cambiar de ambiente para alejar los duendes del infortunio. Le previno la arúspice.
Cuando la sister regresó a Bogotá, solicitó ante su superiora, con el pretexto del cansancio, la trasladaran a otro lugar donde pudiera servir modestamente a la comunidad. Y le fue encomendado el Hogar de paso, donde atendían a mujeres violadas, o prostitutas en camino de regeneración.
Cuando Sara se enteró, del cómo y cuándo, comentó:--¡Mujer!, pero... ¿no te pudiste controlar?
--¡Fue una conmoción sísmica, un río salido de madre; mi naturaleza de mujer es muy ardiente!
--¿Y.., lo de monja?
--¡Fue el más atropellante error de mi familia! Mi padre, pastor Metodista en Yorkshire, nunca tuvo en cuenta mi opinión y con su credo apoyado en una severa rigidez de principios me dio a elegir entre quedarme en su comunidad, casi como una sirviente, o emigrar con hábitos de religiosa. Opté por lo segundo para escapar a las crueldades de su temperamento.

El lazo amistoso entre Mario y Santiago se iba haciendo fuerte cada día. Y cada día Mario penetraba un poco más en el arcano del alma de su amigo, quien un buen día lo invitó a la parte posterior del primer piso de la amplia mansión, donde había diseñado una especie de museo personal, a donde sólo tenían acceso algunas contadas personas de su particular amistad y confianza.
En los altos muros cubiertos de papel de colgadura con temas del rococó francés, pendían varios cuadros, copias hechas por pintores destacados, de las obras de la cultura universal. Mario descubrió a las Tres Gracias, la Venus del Espejo, la Mona Lisa, Beatriz y el Dante, las Majas, el Nacimiento de Venus, y muchas más. Pero todas sin excepción ostentaban el rostro de Mabel Jaramillo, la querida del médico. Cuando éste observó el pasmo en la cara del amigo sonrió y lo invitó a sentarse en una lujosa poltrona. El Médico ocupo otra al frente, y luego trajo una ánfora de cristal labrado que puso sobre una mesita de centro, con Whisky en su interior. Sirvió dos vasos, y explicó: Este mundo está lleno de gente mediocre, negros e indios perezosos y atenidos, con increíble capacidad de intriga y cabildeo para obtener ventajas y canonjías del Estado con el argumento de que representan minorías étnicas que deben ser protegidas, con cuyos votos favorecen a políticos corruptos y clientelistas. Y además se reproducen como roedores. Pronto no habrá cabida para la gente decente. No sé si te habrás percatado de que en Cartagena y Bogotá, las personas de clase están siendo sustituidas por una masa de emergentes desprovistos de cultura y finas maneras. Por eso pedí mi renuncia del Gran Club. ¡No puedo soportar tanta clase media!
Y anticipándose a cualquier pregunta de su contertulio, continuó.-Exigí el rostro de Mabel en mis pinturas, porque además de ser bello, ella es la demostración más auténtica de la raza blanca.
--¿Y Sarita? --Se atrevió a interrogar Mario. -¡Tengo dudas sobre su familia! He encontrado en algunos de sus hermanos rasgos morfológicos que no me convencen--. Señaló el médico, bastante convencido de su diagnóstico.
Se hizo un breve silencio el cual Mario aprovecho para darle un vistazo circular al ambiente. Entre nichos y sobre mesas adecuadamente distribuidas descansaban muchas piezas de cerámicas y esculturas precolombinas.
El médico lo observó y para satisfacer su curiosidad añadió: --La más resiente tiene más de mil quinientos años antes de Cristo--. Lo dijo, casi sin importancia.
Y continuando con su charla se quejó. --Mabel me hizo una charada que no he podido asimilar ni perdonar. Pese a mis instrucciones quedó embarazada y se empecinó en tenerlo; pero la criatura no nació con el color de su piel, ni heredó el hermoso color de sus ojos. ¡Es lamentable! Por lo pronto, y por mi sentido de responsabilidad lo he aceptado, pero no lo he reconocido, ¡por las muchas dudas que me asaltan, por supuesto!
Mario observó detenidamente el rostro cetrino, anguloso, de trazos gruesos con pómulos salientes y la cabeza rapada del médico en cuyos labios se dibujaba un rictus de inconformidad, y guardó un prudente silencio.
Días después Mario recibió una invitación para una cena íntima en casa del médico. Allí le fue presentada sister Clarence que lo impresionó por su vasta cultura, su conversación amena y sus muy finos modales. De inmediato se tejió una gran amistad entre los dos. Mario ofreció hacer una generosa contribución para las obras de la comunidad y asistía con constante frecuencia a almorzar en privado con la religiosa en el refectorio de la comunidad.

Episodio cuarto.

Sara Azuero y Vengoechea, (Sarita, para sus amistades) provenía de una familia distinguida con próceres a la distancia, venida a menos, oriunda de un pueblo perdido entre los ardientes llanos del departamento del Huila, quienes se establecieron en la Capital del país hacía varias generaciones. La chica nació en Bogotá y de estudios apenas pudo terminar bachillerato. Santiago la conoció un sábado en la tarde de empanadas bailables para jóvenes adolescentes en casa familiar de amigos comunes y lo impactó su belleza. Lo que más le atrajo fueron los ojos grises que brillaban pizpiretos entre el cutis sonrosado de las mejillas en la jovencita. Pero no la abordó ni le expresó sentimiento alguno aquel día al enterarse de que la familia carecía de bienes de fortuna. Pero la guardó entre los pliegues de sus sentimientos. Así que cuando se divorció se propuso hallarla y le propuso matrimonio. A la sazón la dama tendría más o menos treinta y seis años cuando se casaron. Pero la condición impuesta por el entonces ya médico, fue que no procrearan descendencia. A lo cual ella se plegó para hacerse a una posición económica estable y segura.
Y de hecho se convirtió en caja de resonancia de los caprichos del marido. Todo lo repetía de acuerdo con los deseos que oía del médico. Sus hermanos le reprochaban tal actitud y la acusaban de carecer de personalidad propia. A los dos les encantaba el Whisky pero tenían un pacto: uno sólo se pasaría de tragos cada vez, mientras el otro custodiaba y manejaba al borrachín de turno. Cuando le tocaba la bebeta a Sarita, ésta zurumbática por los efectos etílicos, en medio de cualquier conversación proponía: Papi dice que por qué no se paga la deuda externa. Después de oír por mucho tiempo su propuesta, los amigos ya no ponían atención y perdonaban con cariño su simpleza. Era excelente anfitriona y esmerada exponente de la alta cocina.
En los asuntos profesionales era la mano derecha del galeno y manejaba con destreza a las parejas de enamorados que llegaban temprano al consultorio, por lo general a las seis de la mañana. El asunto se convertía en tragedia griega; ambos incursos en el delito lloraban por la pérdida, se besaban y hacían juramentos de no acceder a tan impropias maniobras \la próxima vez\. Sarita los toleraba por unos minutos, después se caracterizaba y exigía. -¡Bueno, ya! La dama siga al vestier, se desnuda completamente y se coloca esta bata blanca,--entregándola--. ¡El caballero, tenga la amabilidad abandona el consultorio y espera media hora en el garaje! Sus órdenes eran inapelables.
Era tambien la tesorera del negocio y quien recontaba y organizaba los abultados fajos de billetes-los pagos eran en efectivo-y la encargada de llevarlos a los bancos para su custodia. Le subían la temperatura a las calenturas los pagos cuantiosos que hacía el médico en la compra de arte de dudosa procedencia y calidad. Sabía que su marido era objeto de timos por mercachifles improvisados quienes contaban de mucha aceptación y confianza por parte del médico. Y, además, --lo recordaba con amargura--, porque Santi le había jurado que su familia nunca heredaría ni un solo peso de su procedencia. Ella nunca protestó, porque le interesaba el hoy colmado de riquezas, lujos y gran boato.
Pero la emponzoñó el bichillo de la duda y presa de curiosidad, con la constancia de una gotita de agua, día a día horadaba entre el marco de la puerta que la aislaba del consultorio, un diminuto hueco que le permitiese observar el interior de la habitación donde su marido hacía las intervenciones a sus damas-pacientes. Logrado el punto de atalaya se admiró por la suficiencia profesional de su marido; pero también la irritó que el médico frente a determinadas mujeres,--las de piel blanca y ojos claros--,una vez intervenidas las auxiliara personalmente acomodando una toalla sanitaria en la base del panty; y que solícito les abrochase con esmerado encanto varonil el sujetador.
Si tal circunstancia se daba, el médico se procuraba un breve descanso liberándose de los guantes quirúrgicos y relajándose descansadamente en el sillón. Luego entornaba los ojos, y aspirando una copiosa porción de aire, su rostro adquiría la apariencia de un ser desbordado por inmenso y declarado placer hedonístico.
La única oportunidad de Sarita para vengarse, era cuando la paciente abandonaba el consultorio rociándola de arriba abajo con una mirada fría y despectiva.

No le costó mucho trabajo a Santiago convencer a Mario para que lo acompañase a visitar el hijo con Mabel, sobre todo, porque el amigo sentía especial aprecio por el médico y a la vez porque lo invadían muchos interrogantes sobre aquella personalidad tan enigmática. Una tarde llegaron a un barrio popular, dejaron el automóvil en un garaje cercano y a pie llegaron a un descuidado edificio, ascendieron algunas escaleras y timbraron en un apartamento, a ojos vista, muy modesto. Les abrió un dama relativamente joven, muy hermosa, quien les franqueó la entrada. Adentro se escuchaba el llanto agudo e intermitente de un huahuita.
Después de las presentaciones acostumbradas la dama los condujo a una minúscula sala dotada de muebles baratos, y les preguntó si les apetecía un café. Ambos aceptaron. Luego de un rato de conversación dispersa, Mabel trajo al huahua para que Mario lo conociera. La criatura presentaba un aspecto enclenque y descuidado; se notaba al rompe que había sido engendrado fruto de una pasión puramente erótica, circunstancial e instintiva, sin asomos de ternura amorosa. ¡El huahua era el prototipo del niño melancólico!
Mario volvería muchas veces allí con intención de conquista, ya que despertó en él la codicia por la mujer ajena. Era otro de los esguinces de su personalidad. Erotizar todo tipo de relaciones con mujeres que considerase atractivas. Como él mismo afirmara en forma cínica y ordinaria: ¡toda mujer es un polvo en potencia!
En estas frecuentes visitas Mabel le contó de su aventura. Hacía unos catorce años, hallándose ella en una excursión en España, su grupo visitaba el Castillo Real de Aranjuez, a poca distancia de Madrid. Ensimismada se separó del grupo y de pronto se encontró con un hombre alto, enjuto con porte distinguido, quien tambien se hallaba sin compañía. Llamó su atención la forma meticulosa y refinada como el caballero observaba cada detalle de la noble y hermosa construcción. Se detuvo y lo admiró de lejos, pero en un momento coincidieron sus miradas. Ella bajó la vista pero él la siguió y le entabló conversación.
--¿Disfrutó ya del Gabinete de Porcelana?
--No, en realidad carezco de método para apreciar tanta belleza.-Contestó ella, algo confundida.
--¿Me permite hacer de cicerone?
--¡Oh! ¡Estaría verdaderamente encantada!
--¿De dónde viene usted?
--Soy colombiana, vengo de Pereira.
--¡Que afortuna coincidencia! Yo, vengo de Bogotá...
--Soy médico y estoy en compañía de mi esposa, quien se quedó aquejada de migraña en el hotel.
Era cierto. Sarita se había acomodado tal borrachera a base de ginebra-tónica y la resaca no le había permitido levantarse y acompañar a su marido. Además, no era que la sedujera la visita a ese tipo de obras que enloquecían hasta el delirio la sensibilidad artística de su media naranja. Prefería los almacenes de ropa y las salas de belleza.
--No sé cuantas horas transcurrieron--, prosiguió Mabel--, pero te cuento que perdí el contacto con el grupo escuchando alelada a mi improvisado guía. Con él, tenían cuerpo y razón la visita al Palacio Real: --Mire, la obra está construida en un recodo formado por los ríos Tajo y Jarana. Y a continuación me dibujaba el lugar sobre una servilleta.-El sitio fue residencia desde la época de los Reyes Católicos y su forma actual comenzó con Felipe II. ¿Quiere ver el Salón de Espejos? ¿Verdad que es encantador? Ahora visitemos el Jardín de la Isla. Bien, sé que le va a impactar la Galería de las Estatuas...
Fue una lección de buen gusto, de destreza intelectual, de excelentes modales y exquisitas maneras.
--Por qué no cenamos en Chicote y luego la llevo al hotel para que se reintegre al grupo.
--¡Qué pena; por mí, encantada! ¿Y su esposa?
--Ah, ella estará bien. ¿Puedo anotar su dirección? ¿Me permite visitarla en Colombia?
Mario, aquello fue una exultante gratificación. A mi regreso al país me llamaba a mi casa en Pereira dos o tres veces al día. Nos citábamos en Cartagena, Medellín, Santa Marta. Y nuestro himno de amor fue el adagio del Concierto de Aranjuez, de Rodrigo ¡A dónde no fui invitada y atendida! ¡Y espléndidamente regalada¡ ¡Pero nada es eterno! Y mira la condición en la cual vivimos mi hijito y yo. Pensé que teniendo un hijo suyo todo iría a ser mejor. Ahora me odia y se ha vuelto cicatero y truñuño . ¡Hasta hambre nos ha hecho padecer!.
Ya contigo son por lo menos tres amigos que me ha traído para sustituirlo y desembarazarse de nosotros.
Con esta aclaración, Mabel frenó por siempre las intenciones erotizantes de Mario para con ella.
--Y, ¿tu familia?-Interrogó Mario.-Me repudiaron, se olvidaron de mí. Además, Santiago me alejó de ellos. ¡Es extremadamente egoísta! Nunca me permitió trabajar porque es celoso compulsivo. ¡No sé hacer nada, Mario! No encuentro cómo defenderme.

Por aquella época a Mario le tocó viajar a Cartagena donde le fue notificada la demanda de divorcio entablada por Carmen. Hacía mucho tiempo que su marido no compartía el hogar, ni proveía para los gastos de sostenimiento y educación de las niñas. Por ello a la pobre dama le correspondía hacer frente a las costosas erogaciones, contando sí, con el auxilio de su rica pero enfadada familia. Por suerte las hijas, las tres marías, como solían llamarlas allegados y amigos: María Claudia, María Mercedes y María Angélica, se habían educado formalmente en el colegio de las capuchinas, en Manga, el barrio de los ricos de Cartagena, con honores y altas calificaciones. Las dos primeras se casaron bien y se trasladaron a vivir a los Estados Unidos. Mientras que María Angélica viajó a Bogotá, tomó clases improvisadas de dramatismo ramplón y se enroló en una programadora de televisión comercial, cosechando cuantiosos frutos como actriz romántica en telenovelas cursis para amas de casa. Como desde niña fuera muy apegada y consentida por su mamá, tiempo después la traería a la Capital para que la acompañase y se hiciera cargo de los menesteres de su profesión, los ya importantes bienes y de su lujoso apartamento.
El notorio éxito de su hija como estrella de la televisión inflamó el sensible orgullo de Mario, quien ostentaba tal hecho como estandarte de refinado estatus social.

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