Ocarina

Mi pequeña deseada ven, te espero. Atrévete, cruza ya el umbral de tu obsecuencia y con paso seguro penetra en el vasto placer de la aventura. (Te llamaré Ocarina para guardar tu nombre). Abandónate a los incitantes aromas traídos de Francia y de Fenicia y permite, con inocente gesto, cómo las tersas manos de la esclava Isel esparcen sobre tu fina piel los ungüentos y bálsamos que penetrarán tus poros llegando al fondo de tu sensible vanidad femenina. Relájate, descansa. Toma un reparador baño con sales y esencias de la lejana Condilia y cremas de Anatolia, que restablecerán tu aliento; acércate a mi mesa, está colmada. Sírvete de los dulces piñones del Kursaish y los membrillos de Aiminú. Y permite gotear en tus labios el rico licor de los higos de As Sabai. Entona tu talante con una vaso tibio de los vinos de Madeira sazonado con especias. Embriágate con el licor de mandarinas
Luego de tan gratificante jornada y conducida de la mano por el liberto Armansor penetra en mi aposento, que está previamente aromado con olíbanos, donde dubitativo me consume una cruel espera, ¡Oh lúbrica esperanza! Una vez allí, bajo efluvios y arpegios de flautas y de cornos, recordatorios de los ecos de tus bosques, liberarás tu mente y descansarán tus nervios alterados por tu inexperiencia en núbiles afanes. Yo te recibiré pletórico de amor y de deseo. Seguidamente, con mano diestra, desabrocharé tu túnica inconsútil y el azul sujetador de tu corpiño. Un vivo esplendor inundará mis ojos y motivará mi sangre en las arterias: ¡Tus senos son dos cervatos gemelos nacidos en abril! Con varonil fruición despojaré tus níveas redondeces de las íntimas prendas femeninas que enmarcan tus tesoros. Te alzaré, te conduciré en mis brazos y luego te apoyaré sobre mullidos tapices de Bruselas. La vastísima estancia será nuestro lecho de amantes irredentos. Salpicaré tu piel desnuda con la ambrosía de un vino dulce esparciéndolo con mano amorosa, mientras tú sonríes. Tras esta picardía, con mi lengua de saurio enajenado desprenderé el almíbar. Ya ebrio de placer apartaré tus muslos trémulos y culminaré mi ópera prima bajo los vellos de tu alabastrino pubis. Juntaremos el calor de nuestros cuerpos y contemplaré en tus ojos arrobados los misterios de toda mujer envuelta en el deseo. Mis labios susurrarán pequeñas obscenidades y me detendré en tu boca húmeda y carnosa teñída de amapola.

Agitado, retomaré el aliento contemplando tu piel, jardín de nenúfares y enebro. Te colmaré de besos mientras tu mano toma mi enhiesta pasión y diestramente la pone en el templo de afrodita. Tras lo cual, una y mil veces transcurriremos los lúbricos pasajes de tus íntimos reclamos. Y lo haremos en cien formas diferentes, con espasmos espaciados, hasta quedar dormidos y abrazados. Luego, al amanecer, con lenguaje de suspiros y músicas lejanas reiniciaremos el antiguo ritual de místicos deseos, ya sin ninguna noción de personas, de dioses, ni de tiempos.

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