En diciembre y enero, año tras año, el cielo sabanero limpio de nieblas luce traje azul salpicado de estrellas y los luceros del poniente guindan luces en lo alto, como zarcillos nuevos estrenados para tan grande ocasión: La diosa Luna nimbada por brillo opalino emerge para discurrir por los inmensos caminos de Capricornio hasta los torbellinos de la constelación de Acuario. Tierra y aire, lo sólido y lo fluído; lo permanente y lo inmutable en dialéctica fuerza cósmica frente a la versatilidad y el capricho de la naturaleza.
Para astrólogos y arúspices que desentrañan los designios contenidos en los astros, esta ubicación del satélite lo predispone a la influencia de Urano en casa de Saturno, lo que engendra hostilidad en las fuerzas centrífugas de la cosmogonía de la tierra por un lapso de centurias, con muchas consecuencias nefastas. Tal vez ello explique, en proporciones reducidas, el por qué el ser humano adolece de violencia; y no se escuchen las voces de quienes tienen el corazón dispuesto a la buena voluntad y la tolerancia.
Bajo el sortilegio del fenómeno astral el plenilunio se extiende, aferrándose al entorno de la infinita ciudad tiñendo pináculos, capiteles, azoteas y tejados, con ribetes de pincel impresionista.
Entretanto, la dama y el caballero, quienes conversan en el recibidor del apartamento con aire distraído se incorporan del sofá tomados de la mano, y hechizados por el sortilegio se acercan al ventanal que ofrece dilatada vista sobre la alameda y son atrapados por el raudal de luz que se abre a los sentidos en perspectiva de lúbrica belleza. Relajados por la visiòn, apoyan las manos sobre el alféizar, e hipnotizados por el paisaje circundante del que ahora hacen parte, observan la mayestática inercia de los elevados y frondosos eucaliptos y los oscuros urapanes de la avenida-parque, junto a la silueta recortada de los grandes edificios del centro de la ciudad, que estàn desperdigados entre los cerros tutelares, en cuyas cúspides se iluminan con la luna las iglesias de Monserrate y Guadalupe. Y, luego, màs allà, al oeste, hasta donde alcanza la imaginación, observan relámpagos intermitentes sobre el mar de Balboa, que presagian ominosas tormentas sobre olas oscuras.
Nubes blancas, que un tímido y adormilado vientecillo impulsa al poniente, semejan parvadas de cisnes en busca de lagos de aguas tibias y generosas.
La luz del astro, que ahora incide menos intensa, golpea con tenue brillo el cabello plateado del caballero, quien toma del brazo a su gentil acompañante y la conduce de nuevo al fondo de la habitación.
Después del asombro inicial, que los sobrecogió, ambos se muestran de acuerdo que pese a la maravillosa experiencia que se prolongó por contados minutos, el episodio no fue del todo perfecto: faltó a la escena un fondo musical apropiado. Posiblemente el adagio molto e cantábile de la Novena Sinfonía de Beethoven.
Para astrólogos y arúspices que desentrañan los designios contenidos en los astros, esta ubicación del satélite lo predispone a la influencia de Urano en casa de Saturno, lo que engendra hostilidad en las fuerzas centrífugas de la cosmogonía de la tierra por un lapso de centurias, con muchas consecuencias nefastas. Tal vez ello explique, en proporciones reducidas, el por qué el ser humano adolece de violencia; y no se escuchen las voces de quienes tienen el corazón dispuesto a la buena voluntad y la tolerancia.
Bajo el sortilegio del fenómeno astral el plenilunio se extiende, aferrándose al entorno de la infinita ciudad tiñendo pináculos, capiteles, azoteas y tejados, con ribetes de pincel impresionista.
Entretanto, la dama y el caballero, quienes conversan en el recibidor del apartamento con aire distraído se incorporan del sofá tomados de la mano, y hechizados por el sortilegio se acercan al ventanal que ofrece dilatada vista sobre la alameda y son atrapados por el raudal de luz que se abre a los sentidos en perspectiva de lúbrica belleza. Relajados por la visiòn, apoyan las manos sobre el alféizar, e hipnotizados por el paisaje circundante del que ahora hacen parte, observan la mayestática inercia de los elevados y frondosos eucaliptos y los oscuros urapanes de la avenida-parque, junto a la silueta recortada de los grandes edificios del centro de la ciudad, que estàn desperdigados entre los cerros tutelares, en cuyas cúspides se iluminan con la luna las iglesias de Monserrate y Guadalupe. Y, luego, màs allà, al oeste, hasta donde alcanza la imaginación, observan relámpagos intermitentes sobre el mar de Balboa, que presagian ominosas tormentas sobre olas oscuras.
Nubes blancas, que un tímido y adormilado vientecillo impulsa al poniente, semejan parvadas de cisnes en busca de lagos de aguas tibias y generosas.
La luz del astro, que ahora incide menos intensa, golpea con tenue brillo el cabello plateado del caballero, quien toma del brazo a su gentil acompañante y la conduce de nuevo al fondo de la habitación.
Después del asombro inicial, que los sobrecogió, ambos se muestran de acuerdo que pese a la maravillosa experiencia que se prolongó por contados minutos, el episodio no fue del todo perfecto: faltó a la escena un fondo musical apropiado. Posiblemente el adagio molto e cantábile de la Novena Sinfonía de Beethoven.

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