Informa el principal diario de la capital, que el Dr. Francisco Pérez y Pérez, Paquito para íntimos y familiares, persona destacada del mundo social, luego de prolongada enfermedad descansó en la paz del Señor. Y como no hay muerto malo a continuación viene un recuento amable, donde el cronista destaca las virtudes del epónimo varón, faro de transparencia, ejemplo de juventudes, y otros adjetivos por el estilo, en un verdadero alarde de periodismo social.Pues bién. Para quienes tuvimos la experiencia de su trato directo, aún hoy, después de tanto tiempo en que los hechos se borran y las imágenes se desdibujan, nos invade la incertidumbre de su controvertida personalidad. Y se puede opinar que lo de epónimo, faro y demás, es sin duda una opinión amable, pero sin duda exagerada.
Siendo objetivos, hay que ver (muchos estarán de acuerdo), que el caballero en mención fue uno de los exponentes mejor elaborados de la picaresca local. Un lagarto, lo que se dice un precioso ejemplar de iguanodonte, ducho en martingalas para cobrar dividendos a toda ocasión por singular que ésta fuera; y extraerle el jugo a cualquier sujeto que se pusiera al alcance de su particular invectiva.
Para empezar, se hizo diestro en las artes del buen vivir, o como él mismo lo expresó por entonces, del "dolce far niente", ya que no se conoció trabajo alguno del cual derivara su sustento en forma natural y acostumbrada. En cambio, fue verdad sin discusión su talento en el arte milenario de vivir de los demás, del pechaje, del sablazo, afirmaban unos y otros; que manejó sin el más leve reato a cualquier hora del día, o de la noche, y bajo cualquier circunstancia.
Nada dejó al azar; sobre una voluntad definida y un deseo vehemente de escapar de la realidad de una infancia llena de privaciones, que lo mantuvo a la sombra, forjó una personalidad paralela y artificial, que logró perfeccionar por el resto de su vida. De chico, mientras la madre despercudía y planchaba ropas ajenas y llenaba el resto de su tiempo en oficios domésticos en casas de familias adineradas, él, despues de las tareas del estudio, se escapaba a los clubes cercanos para hacer de caddy, recoge-bolas y mandadero. "Lo hacía para untarme de dinero", afirmaría años despues, cuando una periodista quiso hacerle un reportaje.
La serenidad de un maestro oriental fue su herramienta, con la cual ejercitó la extracción del dinero mediante el préstamo personal en cuanta fiesta o reunión se podía filtrar (otra de sus reconocidas virtudes), o con cuanta infeliz criatura se topara, conocida o no. Y con el auxilio del don de la persuasión en la dosificación apropiada. Valiéndose de bromas, chascarrillos, citas literarias y chistes picantes provocaba la hilaridad en los presentes y aflojaba generosamente sus faltriqueras. ¡ Todo fue útil para conseguir sus finalidades!
Cuando se disponía a hacer presa de sus propósitos en un sujeto, lo sometía a un elaborado proceso de ablandamiento y luego, ¡zas! le mandaba el sable hasta la empuñadura. Luego, conseguido el objetivo se escabullía presuroso, satisfecho de haberle aligerado la billetera en dos o tres de los grandes a la víctima, o cualquiera fuere la denominación. Nuestro hombre carecía de prejuicios cambiarios.
Cuidadoso de su conducta, con las artes de un karateka, el sujeto quebró la dura roca de los prejuicios sociales que le impedían ocupar un lugar apropiado para medrar dentro de la rancia sociedad lugareña, que en principio lo rechazó con el calificativo desdeñoso de emergente. Fue entonces, cuando se le ocurrió con el mejor alarde de estrategia, trazar un programa de escalamiento, que cumplió con lujo de artificios, hasta lograr plenamente sus propósitos. Y que le proporcionó copiosas utilidades, amistades influyentes, y que lo llevaron a ocupar, alguna vez, secundarios oficios en Relaciones Exteriores, y alcalde en una población de vereneantes ricos.
Ceñido a su programa, en primer lugar hizo correr la especie de que por línea colateral descendía de un prócer de la República. A lo que nadie creyó. Luego propagó el rumor que era vástago ilegítimo de un diplomático holandés de apellido van Anderson, quien había llegado al país en la posguerra y prendado de una belleza criolla, en secreto y ardiente romance, habían concebido un hijo del amor. Y para otorgarle credibilidad al asunto usó en la antefirma el apellido del extranjero por un buen tiempo.
Ya posicionado, cuando ocupó la tercera secretaría de la Embajada en Washington, solicitó del Embajador le dejara utilizar las invitaciones sin interés para los altos dignatarios. El funcionario accedió y por ello el tercer secretario tuvo entrada a diferentes eventos sociales de la capital Americana. Para estar a la altura de los compromisos aprendió a bailar los ritmos de moda, pulió sus modales leyendo libros de etiqueta y se creó una excelente fama de contertulio, por preferir como pareja a cuanta dama vieja y jamona asistía a los ágapes, que sin su auxilio se hubiera quedado "comiendo pavo". Así mismo se inscribiò a selectos gimnasios, allí donde acudían miembros prestantes del comercio y la banca, con el fin de fortificar los músculos y estilizar su figura. Que siendo de estatura media era bien proporcionado, de piel clara, rasgos aguileños y cabellos castaños, que peinaba con raya al costado y conservó adecuadamente alisados con fijadores caros.
Fue cuando conoció a Byrne, una chica rubia, casi albina, y regordeta con quien se casó después de un breve noviazgo. El matrimonio no se consumó porque la gringuita, que era lerda como un ganso, cada vez que el esposo estaba en disposición para el acto lo miraba alelada, le señalaba con el índice y prorrumpía en una andanada de risitas intermitentes. Se divorció y los padres de la palmípeda lo indemnizaron con una importante cantidad de dólares. Que le sirvieron para viajar a diferentes partes del mundo y hacerse de muchos amigos.
Otras de sus pasiones eran las piscinas, como apropiado lugar para relacionarse. Uno de sus amigos, en infidencia humorìstica, contó que en plena temporada, cuando se vestía la trusa de baño, añadía una media enrollada sobre los genitales para darles destacado volumen, lo que en varias ocasiones despertó la envidia de los caballeros, y un desaforado interés en las damas por invitarlo a bailar.
Sorteó muy bien las apariencias sobre su carencia de estudios universitarios formales (pese a que todos lo llamaban doctor). Para ello frecuentó cuanto curso libre se anunciaba en universidades de prestigio. Fueron tantos los cursillos a los que asistió, que en una pared de su piso colgó decenas de certificados y diplomas en los que se leía que el titular había hecho presencia a tal o cual conferencia sobre diversos temas por tres o cuatro dìas. De los cuales escogía principalmente sobre economía. Estudió algunos curso de idiomas por correspondencia. Y solía usar frases como "mon cher ami", para denotar animo amistoso e iniciar una conversación; "fratello", cuando se disponía a obtener algún favor; y "stand by" para indicar que en ese momento se hallaba corto de efectivo para cubrir su cartera vencida.
Con todo lo anterior, y para mencionar en este recuento personal, destacose su capacidad como gestor de empresas. Con cuatro buenos whiskies en el gaznate desarrollaba una delirante sucesión de proyectos empresariales, tan convincentes, que muchas personas le entregaron el producto de sus economías en "fideicomiso" para impulsar la economía del país. Con los primeros aportes que recibió pagò altas tasas de intereses, con lo cual adquirió más prestigio y por tanto recibió más fideicomisos. De las primeras inversiones que hizo fue comprar un apartamento, un carro último modelo y bellas y raras antigüedades a las que fue muy aficionado. Por supuesto que los aportantes luego anduvieron de tribunal en tribunal buscando explicación a las dotes de prestidigitador del fideicomisario. Fue también tesorero, por dos ocasiones, de uno de los partidos tradicionales del país y se vió involucrado en graves escándalos de los que siempre salío bien librado.
Con tanto dinero en efectivo a su disposición destacose como conocedor en asuntos de modas. Y con frecuencia fue consultado por damas y caballeros de buen gusto que deseaban incursionar en las novedades de los grandes modistas de New York, París y Milán. Cuando alguien le preguntó, a qué debía su enorme prestigio y éxito financiero, él respondió: "Porque soy un hombre con ideas definidas".
El pináculo de su éxito social, lo que le valió una ovación sin precedentes, que nadie osó disputarle, fue aquella vez, cuando llegó en gira por América del Sur y pasó por la capital el canciller Alemán, forjador del resurgimiento de su país, Ludwig Erhard de avasallante personalidad, que fumaba unos gigantescos habanos.
Pues bien: en lujosa recepción de la Cancillería todos los dignatarios formaron fila que iba discurriendo, en gran protocolo, frente al político teutón, quien con gesto grave, ceño fruncido y su cigarro en la boca, pero apagado, saludaba con leve inclinación de cabeza a cada quién le era presentado. En eso apareció Paquito, que cumplido el protocolo, una vez hubo precedido a dos o tres dignatarios, dio marcha atrás, tomó su pitillera de oro, extrajo un encendedor, se acercó al distinguido huésped y le ofreció lumbre. Sorprendido, el visitante aceptó el gesto oportuno, reinició con placer su habano y le otorgó espontáneo abrazo de agradecimiento a tan gentil caballero. Los fotógrafos se apresuraron a imprimir sus placas que dieron la vuelta al mundo y que Paquito conservó como preciado tesoro.
Hoy, debemos confesarlo, después de transcurridos tantos años, nos causa un vacío existencial la desaparición de tan humano personaje. De seguro la vida no será igual sin su presencia y su leyenda. Pero, eso sí, estamos seguros de que Paquito ascendió al Paraíso y que en estos momentos estará preparando su inagotable cofre de recursos sofisticados para lograr, en los banquetes celestiales, se le reserve un buen cubierto a la Diestra de Dios Padre.

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