CUENTO - El Magistrado Dominguez

El magistrado Domínguez tenía mucho de enigmático. En Bogotá habitó vieja casona de rancia estirpe española sobre la calle de los Chorritos, barrio de La Candelaria. Casa compuesta de dos patios con marquesina, muros encalados y, alrededor, tiestos sembrados con novios, geranios y albahaca, y un tupido jazminero en el centro esparciendo su aroma por todo el ámbito interior. Además, la amplia construcción contó con dieciséis habitaciones en su mayoría adornadas con cerámicas y esculturas precolombinas, a las que el Magistrado era aficionado rindiéndoles culto con devoción y cariño, propios de un buen conocedor. Un par de aquellos gabinetes, en la parte de atrás, el dueño los destinó para arrumar chécheres, con significativos ingredientes de evocación sentimental.

De tiempo atrás lo atendía una india de edad indefinida, corta de ideas, sordomuda y montaraz, que jamás cruzó trato con persona alguna del encopetado vecindario. Pero que el Magistrado toleraba por su buen sentido preparando menjurjes para atemperarle el reuma; y además, porque le servía suculentos amasijos caseros al desayuno, único alimento que su señoría tomaba en casa. Lo demás, él lo suplía con frecuentes ágapes ofrecidos por sus conocidos quienes acudían a su despacho necesitados de alguna triquiñuela para el éxito de sus procesos en las altas magistraturas del gobierno.

Así, que cada día, satisfecho y descansado, después de noches de insomnio por lecturas complicadas, con puntualidad tomaba su paraguas y dirigíase a la Corte Suprema de Justicia. Bajaba por la calle de la Fatiga, y, al llegar a la esquina, doblaba a la derecha para seguir la calle del Volcán, donde a mitad de cuadra deteníase en la “Librería doña Pepita”, minúsculo negocio, saludando a su propietaria, vieja conocida suya, para comprarle el periódico y dos o tres revistas sobre apuestas hípicas, a las que era aficionado los fines de semana. Luego, aceleraba el paso para llegar al severo edificio judicial, de atrio romano y columnas dóricas, que estaba próximo, cuando las campanas de la Catedral terminaban de señalar las ocho en punto de la mañana.

Nadie sabía la causa. Pero el magistrado Domínguez se gastaba un no sé qué de anacronismo en su talante. Tal vez lo fuera el cabello, que le nacía desde la mitad del cráneo cayéndole en cascada desvertebrada sobre la nuca. O por su frente abultada, nariz roma y el mentón en punta. ¡De lo que sí se estaba completamente seguro, era que el magistrado Domínguez ostentaba un singular perfil de cacahuete!

Con edad cercana al retiro forzoso, el Magistrado, de corta estatura, estaba muy entrado en carnes. Y sus extremidades, flácidas y cortas, parecían colgarle como apéndices muertas del resto del rechoncho cuerpo. Pero visto de frente, el Magistrado era otro: la mirada desconfiada que despedían sus ojos grises penetraba sin piedad en los del interlocutor, como el pico de ave rapaz, explorando recónditos pensamientos.

Su dislocada y permanente prevención tenía origen en que, el magistrado, en su fuero interno adolecía de muchos embrollos e inesplicables contradicciones: se creía una deidad jurídica, puesto que su sabiduría y criterio en materia legal no admitían cuestionamiento alguno. No así su alma, que soportaba agitada impaciencia mística, la que trató de mitigar tras embarazosas reflexiones. Para aliviarse de su desasosiego, tras su labor rutinaria, se aislaba en la intimidad de su despacho acompañado de mármoles y bronces patinados, que le recordaban a notables juristas del Derecho Romano. Paciente, se liberaba de chaqueta y zapatos y calzando sandalias patricias sobre calcetines de algodón, buscaba aliviar el dolor de la gota que le torturaba los pies. Luego, se abandonaba en mullido diván de cuero, y gratificado se sumergía a una sucesión delirante de imágenes barrocas. En ese instante el magistrado Domínguez se convertía en Príncipe de las Institutas, Duque de las Doce Tablas, Guardián supremo del código de Hammurabi, Artífice connotado de artículos legales, Orfebre de mayéuticas, y Eximio glosador de las citas entre comillas. En el lenguaje sibilino del derecho, donde la interpretación normativa era favor de unos cuantos iniciados, su presencia en el foro había sido determinante, plena, y además, necesariamente complementaria.

El magistrado Domínguez, de antaño ocultaba dentro de sí enmarañados secretos éticos fruto de sus permanentes contradicciones que perturbábanle el espíritu, porque en privado era un apóstata de la justicia escrita y un renegado del derecho positivo. Con firmeza se oponía a ellos y los negaba en su credibilidad. Según lo sostenía, lo fundamental dentro del concepto de lo justo debía ser la responsabilidad moral, nacida del derecho natural consuetudinario y divino. Así lo había reconocido Sófocles en su Antígona:

Creonte.- ¿Conocías la prohibición que yo había promulgado? Contesta claramente.

Antígona.- La conocía. ¿Podría ignorarla? Fue públicamente proclamada.

Creonte.- ¿Y has osado, a pesar de ello, desobedecer mis órdenes?

Antígona.- Si, porque no es Zeus quien ha promulgado para mi esta prohibición, ni tampoco la Justicia compañera de los dioses subterráneos, la que ha promulgado semejantes leyes a los hombres; y no he creído que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables de los dioses. No son de hoy ni de ayer esas leyes; existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempo se remontan. No tenía, pues por qué yo, que no temo la voluntad de ningún hombre, temer que los dioses me castigasen por haber infringido tus órdenes.

"Pues sí", --se dijo--. No cabía duda, éste debía ser el verdadero postulado de lo justo. El ser humano tenía que ordenar la conducta armoniosamente con su naturaleza y abdicar de tutelas, leyes y constituciones contenidas en códigos y ordenamientos legales escritos por los hombres. ¡La conciencia debía ser la norma de todas las normas! Lo fundamental. De acuerdo con ello, al individuo sólo debía juzgársele por sus intenciones y no por sus actos, ya que la intención es más peligrosa que el mismísimo delito por ser su causa, y a la que debía dirigirse todo esfuerzo preventivo por la sociedad.

Si el hombre por medio de la educación, la religión o cualesquiera otros métodos liberatorios, lograse penetrar las pulsiones ferinas y purificar su corazón de intenciones aciagas, no tendría por qué sufrir castigo alguno que denigrase de su condición humana. Si todo fuese según la ley natural, no requeriría de jueces, porque en el fondo éstos serían tan culpables como los mismos reos, puesto que son víctimas de similares intenciones.

¡Entonces, a qué obedecía tal caos y la perversa sustitución de valores! Pues bien; --estaba seguro, según sus disquisiciones--, en uno de aquellos momentos turbios de la historia que enceguecen el buen juicio de los hombres y lo anarquizan, habían surgido falsos profetas, espíritus mezquinos, contagiando sus mentes y sus corazones con falacias y supercherías para introducirles, mediante leyes escritas sustentadas por teorías sociales y políticas de intereses egoístas, el imperio del crimen y su impunidad. Había de ver cómo en el presente no existía código o norma jurídica escrita, en país alguno, que no invocase en sus mandatos la favorabilidad y beneficios legales para proteger al delincuente, en detrimento de la sociedad y de sus reglas. Y atropellar a los ciudadanos de bien, ellos sí, fieles con sus deberes frente al Estado.

Cuando puso fin al soliloquio, el Magistrado se incorporó y se dirigió al atril donde apoyaba un grueso libro manuscrito al estilo de los Salmos, fruto de sus ideas, con letra patoja (ya se percibía el inicio del Parkinson en su organismo). Y leyó en voz audible para sí:

“Ante vos Señor, he levantado mi espíritu, he empeñado mi confianza y en Ti me he refugiado. Mis sentidos están constantemente puestos en tu imagen y seguiré tus caminos porque estoy solo y afligido. Seguiré fiel a tu bondad amorosa y beberé y me saciaré en los manantiales de tu verdadera justicia.
Examina mi corazón, ¡oh, Dios! Y pon mi voluntad a prueba. Perdona mis debilidades, porque he odiado a los malhechores y abjurado de los depravados. Y nunca permitas que mi alma comulgue en tu gloria junto a hombres con las manos teñidas de sangre.
¿A quien he de temer? De quien he de sentir temor, si cuando los malvados se acercan a mí ellos mismo tropiezan y caen. Entonces estaré confiado, porque has oído la voz de mis ruegos y mi fe en Ti me hace percatar de tu presencia en la tierra de los vivos.
Te alabaré, Señor, porque no has permitido que mis enemigos sacien su vanidad sobre mis despojos. Tu voz es rica y espléndida y se esparce por el viento como agua cristalina que mitiga la sed de nuestros corazones.
Infinidad de veces he clamado a Ti y has acudido a sanarme, me has ayudado a ascender y no caer en los abismos. Te he confesado mis pecados y no he encubierto mis errores y sé que me has perdonado.
Porque tu justicia es alta, como las grandes cosas que Tú has hecho, yo elogiaré con mi cansada voz tus maravillosas decisiones para con los atropellados y los afligidos. En mi trasegar has estado conmigo, me has tomado de la mano y con tu consejo me has guiado.
Mas oigo tu acento que dice: “¿Con sus leyes erradas, hasta cuando seguirán ustedes juzgando con injusticia y mostrando permanente parcialidad a los delincuentes mismos?”.

Señor, no siento temor de ti; pero si, te amo. Porque el temor me aparta de tu presencia y el amor me acerca. ¡Señor! No permitas que las víboras aniden en mi corazón y me sienta culpable ante Ti."

Una vez terminada su extraña ceremonia, el Magistrado siguió con un dilatado acto de meditación y luego se marchó presurosamente recuperado en el alma para su casa.

Su particular misticismo fue el fruto de diez años de estudios en el seminario de Yarumal, donde una vez lo llevó entre lágrimas su madre por auxilio e influencias del cura de su pueblo para que recibiese educación formal de caridad. ¡Fueron años de penuria general por la violencia partidista! Dos lustros transcurrieron de permanente humillación y vejámenes por su condición humilde y por el hecho de ser hijo sin apellido paterno. Lo que a la larga le impediría que recibiese las órdenes sagradas. Y lo determinó para que emigrara invadido de incertidumbre a la capital y se inscribiera en estudios de derecho. Lo que lograría con creces ocupando luego, desde los cargos más sencillos hasta elevarse por el impulso de su tesón y estudio a las más encumbradas posiciones de la judicatura.

Siendo único hijo su relación con la madre fue total y absorbente, para los dos. Mientras ella se ganaba la vida en el ejercicio menestral, que le ocupaba parte de su tiempo, el chico se acostumbró a esperarla hasta doce horas continuas sin emitir señal de protesta alguna. Pero cuando la madre llegaba al cuartucho en horas de la noche, el muchachito tras devorar lo que ella con dificultad le aportaba a su sustento, se pegaba a su cuerpo con un deleite sensual que le invadía toda la piel y luego se quedaba profundamente dormido hasta el día siguiente.

--Manuelito, ven, recemos el santísimo rosario para que vayas preparando tu corazoncito y tu almita para el día de tu primera comunión.
--Ya voy, mamá.
--¡Manuelito, te he estado llamando, ven, recemos!
--Sí, mamá,
--Manuel, ¿qué pasa, que cuando te llamo te haces el sordo?
--¡Es que tengo hambre, mamá!
--Yo también tengo, y no digo nada.
--Pero lloras, mamá.
--¡Calla, y ven a rezar!
--¡Bueno!, ya voy, amá.

Mucho tiempo después, como entre brumas, Manuel tenía cómo recordar aquellos sábados en la noche, cuando entre sombras surgían hombres hablando lerdo y apestando a guaro. Y que se amontonaban a la puerta del rancho con ardiente frenesí. Su mamá lo levantaba con cuidadito para no despertarlo, lo sacaba del cuarto y lo ponía a la entrada entre un cajoncito de madera, arropándolo bien con una ruana para mitigarle el frío. Después, cada uno de esos hombres entraba al cuarto. Cuando todos hubieron entrado desaparecieron. Asustado, despierto y tiritando de frío, el niño esperaba para que su mamá lo regresara a la cama. Entonces ella lo ceñía contra su cuerpo sudoroso para trasmitirle calor, consolándolo con palabras suaves y amorosas.

Lo bueno de todo ello era que el domingo por la mañana había comida y se prendía el fogón, donde chisporroteaban las brasas en la hornilla para asar las arepas, los plátanos, la carne y batir bien el chocolate.

Cuando cursaba la secundaria tuvo un hecho que le marcó el sendero que siempre siguió sin desviarse un ápice y que le enseñaría las metas del triunfo: el poder y el dinero. Fue así como siempre estuvo de parte de los poderosos.

Monseñor Arango Londoño, rector del Seminario, tenía una debilidad intelectual. La poesía mística. Y uno de sus poemas favoritos era, “A Cristo Crucificado”, el cual era materia obligada en preceptiva literaria, que los alumnos debían aprenderse de memoria y recitar con frecuencia para ser analizado. Lo que incomodaba a Monseñor era que tan bello poema fuese fruto de una mujer. No concebía que un cerebro femenino pudiera producir obra de tan deslumbrante belleza, así fuera la mismísima Santa Teresa de Jesús.

Pero Manuel Domínguez, alumno brillante y acucioso, percibió la inconformidad del sacerdote y se propuso investigar. Una y otra vez se repetía el soneto disfrutándolo de manera particular en su fuero interno. Y así decía:

"No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en esa cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor, de tal manera,
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera."

En efecto, el origen del poema había sido una permanente duda. Unos aseguraban que era de autor desconocido; otros, lo atribuían a San Juan de la Cruz. Pero en España juraban y rejuraban que había sido Santa Teresa de Jesús la afortunada autora. Lo que irritaba sobremanera el intelecto del señor Rector.

Así que Manuel, con devoción benedictina, se dedicó a desvelar la verdadera autoría. Se comunicó con estudiosos de varias partes del mundo, consultó gruesos tomos, desempolvó archivos y siguió caminos tortuosos de mitos y leyendas. Hasta que por fin un sesudo investigador le señaló una pista en México. Hacia allí dirigió toda su atención y le llegó la solución. El autor de tan connotado soneto era un fraile agustino, oriundo de Michoacán, predicador de varias lenguas indígenas, de nombre Fray Miguel de Guevara, por allá en 1640 (había duda en la fecha).

Con todo ese acopio de pruebas se dirigió a la rectoría. El señor Rector lo atendió con displicencia. Pero ante la fortaleza de los argumentos, el cura se quitó un peso de encima. Claro, no había duda; el autor de tan bella joya tenía que ser un varón, un hombre inequívocamente.

De inmediato impartió la orden de que todos los alumnos se reunieran en el refectorio, y allí, con lujo de alabanzas, presentó el trabajo de su pupilo (favorito desde ese mismo día), para despejar cualquier duda que existiese sobre la autoría del soneto.

A partir de allí fue nombrado bedel de honor, se le asignó un lugar especial en la mesa con los altos prelados en horas de almuerzo y se le exoneró de muchas faenas duras e infamantes. Ello también trajo, principalmente, un alivio al acoso nocturno de los hocicos babosos y jadeantes de la partida de miserables y contumaces pederastas del Seminario.

Todo aquello había sido un verdadero horror. ¡Se acordaba con hiriente tristeza! Cada noche surgían como ratas de entre los oscuros y misteriosos recovecos de los pasillos del enorme y anticuado edificio. Y mientras dos o tres bestias sometían a los chicos, otros los despojaban de sus prendas íntimas e intentaban violarlos. Cuado él era la víctima, con furia se resistía dando saltos, se mordía los labios y tensaba todo el cuerpo para no ser penetrado. Entonces el agresor lo hería a mordiscos y lo llenaba de improperios. Sólo se liberaba de la inmunda experiencia cuando sentía que le resbalaba por entre nalgas y piernas un líquido caliente, viscoso y repulsivo.

Por supuesto que sabía quiénes habían sido sus agresores, pero nunca se atrevió a denunciarlos. Fue consciente de que una denuncia significaría su expulsión del Seminario. ¡Fue un chantaje al que sucumbió! En las reuniones los observaba con rencor contenido tanto en la capilla como en el refectorio. Sumisas y en actitud de oración, las bestezuelas acechaban de soslayo a su próxima víctima. Su cobardía lo hirió tanto, que desde aquel mismo instante comenzó a detestarse a sí mismo.

Cuando hubo culminado sus estudios, en vista de que no podría seguir allí, abandonó las breñas de Yarumal, viajó a Bogotá y con excelentes cartas de presentación se inscribió en la escuela de derecho de una universidad marcadamente conservadora y católica. Allí dedicó ocho años, cinco de pregrado y tres de especialización en derecho criminal. Después fue labor fácil cultivar los dueños del poder y del dinero hasta alcanzar la meta ansiada: una magistratura en la Corte Suprema de Justicia, que ejerció por muchos años.

Pero no obstante su bagaje sentimental y formativo y las objeciones de su conciencia, el magistrado Domínguez en el ejercicio de su magistratura se ceñía fanáticamente al sistema, y no existía una sola hoja en el frondoso árbol de la justicia que no se moviese por su voluntad personal. Fueron muchas las leyes que llevaron su nombre al estilo del antiguo Derecho Romano. Además, con severo criterio, muy discutido, envió a prisión muchos delincuentes de cuello blanco y alguno que otro desgraciado inocente. En la sanción era inflexible.

En la época en que los jueces se nombraban, no por méritos sino por conveniencias políticas, el Magistrado fue quién, con su voto definió el éxito o el fracaso de muchas aspiraciones profesionales. Fue tanta su influencia, que desbarrancó el poder judicial con el nombramiento escandalosamente parcializado en favor de las mujeres, con las consiguientes protestas públicas por parte de los varones aspirantes con iguales méritos académicos.

Pero no hay favores gratis. El magistrado Domínguez contaba con un apetito sexual desbordado que apalancaba con toda suerte de reconstituyentes y yerbajos; y a las muchas damas que ayudaba les cobró en especie. Y fueron, también, numerosos las que accedieron de buen grado a sus requiebros para abrirse paso en sus carreras profesionales. Murmuraban sus malquerientes, que el señor Magistrado engendró tantos hijos extramatrimoniales, que si alguna vez decidía postularse, mediante votación como candidato a las corporaciones públicas, lo lograría con creces.

A pesar de sus gruesos recursos económicos, tales menesteres de faldas lo fueron precipitando en bancarrota. Para evadir la situación se dedicó de lleno a las apuestas de caballos. ¡Era patéticamente solitario en ello! Enfundado en un grueso abrigo se le veía, en altas horas de la noche, frecuentar garitos y tabernas de mala muerte, donde se transmitían carreras de apuestas clandestinas con la esperanza de ganar grandes fortunas para sostener su estatus desordenado. Su estado emocional lo sumergió en la irresponsabilidad total hasta el punto de que abandonó sus obligaciones judiciales con tan desfavorables consecuencias que lo llevarían a renunciar a la magistratura.

Aceptada la renuncia, el jurista de inmediato abrió bufete propio y comenzó a atender y a defender a los mismos sujetos a quienes antaño había perseguido y condenado. Surgieron nuevas doctrinas. Se corrigieron jurisprudencias. Se anularon casos. “Todo había sido un error de hecho”, sostenía sin ambages.

Experto en trampas legales, en connivencia con jueces, políticos y magistrados, instituyó la acción de tutela para corromper el sistema jurídico, creándo graves enfrentamientos entre las Altas Cortes y dando cimiento a la corrupción judicial más empedernida por la venta de ese derecho entre funcionarios venales, quienes se enriquecieron vergonzosamente.

Para su contexto, dejó de existir el principio de la cosa juzgada en derecho. Ahora los fallos judiciales eran doctrina probable y todo podía ser revisado y corregido. Desaparecieron los hechos taxativos y se convirtieron en meros ejemplos ilustrativos. Cuando un periodista le preguntó, por qué tal variación de criterios en una misma persona, contestó: “Yo simplemente soy un hombre, y los únicos que no vuelven atrás son los ríos. Además, la noción de justicia es un embeleco. La justicia no existe como valor universal. Lo que existe son jueces y normas legales, que ellos aplican de acuerdo con su personal criterio. Por tanto, la justicia es relativa y circunstancial. El abogado que acierta en un pleito lo que hace es encajar, por azar, en el criterio particular y casuístico del juez o magistrado. ¡No sean insensatos! “

Después de muchos años, fatigado de su ejercicio, cualquier día decidió trasladarse a vivir a la Villa de Leyva, que según él, era el lugar ideal para la meditación y el recogimiento.

Jamás se relacionó con alguien del pueblo. El hedor que emanaba de la vetusta casona de su vivienda alertó a los vecinos que acudieron alarmados con el inspector de policía. Se introdujeron forzando el portón de madera y lo hallaron muerto sobre una mecedora de mimbre, los ojos vidriosos y desorbitados. Como carecía de deudos, con premura lo inhumaron bajo un olivar tres veces centenario. El polvo del tiempo barrió con su tumba.

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