Jorge consulta la hora y se siente optimista porque está convencido de que llegará puntual a su cita. Se alisa el cabello con un peine, corrige el nudo de la corbata, hace revisión esmerada de su apariencia y satisfecho desciende por la gran avenida bordeada de floridos sietecueros, admirando los frondosos urapanes que sirven de percha a las aves migratorias.
Dos cuadras adelante, al llegar a la carrera novena, gira a la izquierda para alcanzar la puerta que se abre al parquecito junto a la casa señorial del Museo y acelera el paso cuando divisa a Carolina que está esperándolo en el lugar convenido. Sonriente aprueba la puntualidad de la joven al tiempo que disfruta con su encuentro. Y mientras llega junto a ella apenas tiene tiempo de recordar cómo la conoció.
Fue la tarde de un lunes, dos o tres semanas antes, a eso de las cuatro y media, cuando con su amigo, Eduardo, (cómplice de bebetas, chupando bareto colombian golden en noches de rumbas los viernes hasta el amanecer) acuerdan reunirse en la puerta principal de la Universidad Javeriana para trabajar el proyecto que Jorge debe entregar el sábado siguiente, a más tardar, porque del resultado depende el promedio de sus notas del semestre.
Como la cita coincidía con la salida de los estudiantes, el lugar parece mitin político, por la gente que circula por allí, dando voces que se convierten en rumor y luego en estampida, cuando penetra por puertas, pasillos y escaleras; todos con premura para abandonar el lugar. Unos para tomar el transporte de la carrera Séptima, que a esa hora se convierte en caos. Y otros, a la espera de familiares que los recogerán para llevarlos a sus destinos.
Esquivando el tropel, Jorge se ubica en el lugar convenido y esperó. Transcurrida media hora la gente se fuen dispersando, pero el amigo no llega; y como necesita de su ayuda decide esperar veinte minutos, que le parecen siglos y le agrian el carácter. Marca entonces el número de Eduardo. La operadora contesta: el usuario no responde, pruebe más tarde, o deje su mensaje en el buzón.
"¡Qué cabrón!" -piensa. "¿Dónde diablos se habrá metido?" Y golpeándose la frente cae en cuenta de que Eduardo estará, en ese instante, como chico estrenando triciclo con lo de la loca, su nuevo prospecto, la estudiante de la pasantía en el psiquiátrico de Sibaté, desde hacía quince días.
Desalentado, lo invade un malestar enervante, porque está convencido de que él solo no puede con el trabajo. Y contrariado por la situación, decide alejarse de allí, tomando el primer vehículo que pasa a su disposición.
Oportuno es destacar cómo un hecho elemental, y además involuntario en apariencia, pudiere influir en la vida de este hombre. Y como dice el refrán: El hombre propone pero el destino dispone, la inasistencia de Eduardo a la cita pondría a Jorge frente a una experiencia que jamás olvidaría.
Ya en el autobús, Jorge ocupa un asiento en la parte de atrás, libera la presión de la corbata y con mente sosegada se dispone hallarle solución al problema, sobre todo para que no lo inquiete por el resto de la tarde.
Es cuando la ve. Ocupa puesto lateral al suyo. Parece afanada, porque consulta varias veces el reloj de pulso que le adorna la muñeca. Con interés, pero con disimulo, la observa: fina silueta, estatura media, piel trigueña clara, diríase más bien acanelada por el maquillaje aplicado en suaves tonos; corto el cabello y liso, peinado hacia atrás y sostenido por un lazo de cinta roja que le despeja la frente amplia, permitiendo apreciar rasgos distinguidos en el rostro angulado por una línea que une el mentón con los pómulos tenues. Viste en forma sencilla, pero con acertado gusto. La blusa, en seda beige, hace juego con la falda carmelita de paño grueso en tono de moda, con excelente corte. Y sostiene en el brazo una chaquetilla, apropiada para protegerse del frío en caso de que la temperatura descienda al anochecer. Completa su atuendo un bolso de piel gris, en la misma tonalidad de la chaqueta, con libros y menaje de estudiante. Y como si presintiera que es objeto de observación, vuelve la cara y mira hacia el lugar del joven, pero no a la persona.
Es cuando Jorge descubre que la chica tiene bellos ojos verdes enmarcados por largas pestañas; que sin ser brillantes, destacan una tonalidad de hierba fresca, acentuando el encanto de su rostro.
"Es preciosa" piensa. Y antes que lo invada algún asomo de vacilación le propone charla, metiéndose de lleno en terreno movedizo.
-¿Tú, de qué facultad eres?
Ella lo miró seria y pausadamente, como midiendo su respuesta.
-De filosofía-, contesta con modestia deliberada, casi al descuido; y para restarle importancia desvió la mirada.
La pregunta la toma por sorpresa, no obstante estar acostumbrada a ese tipo de abordajes por chicos de su misma edad y condición, simplemente para entablar conversación. Pero ella no aceptó el reto, "¡Que hombre más bobo!, es muy simple para iniciar conversación con una desconocida".
¡Qué calamidad! El ambiente se muestra hostil, deleznable y sin futuro. Así lo reconoce el propio Jorge que está cohibido; y es tal su turbación, que sólo atina a decir:
¡Ah, que bien! Lamentando su torpeza.
Está desolado. Atascado. Sin originalidad; algo sorprendente, puesto que es de los recursos que mejor maneja cuando de mujeres se trata. Y sin darse por vencido, pero sí atrapado, busca cómo escabullirse, salir del embrollo y se aventura:
-¿Conoces a Eduardo Arcila? Cursa octavo semestre de diseño industrial.
-En la universidad somos más de cinco mil estudiantes-, es la seca respuesta de la chica. Sin embargo ella se sorprende, porque en lugar de molestarle la insistencia del muchacho, siente lástima por la ambigüedad de su conducta.
Jorge no encuentra la saliente en la roca fría para apoyarse y no caer en el desbarrancadero que ya vislumbra con lamentación, y guardó silencio; lo que la chica aprovecha para estudiarlo con minuciosidad de mujer: Trigueño, cabello negro y abundante, barba cerrada, (adecuadamente rasurado) entre veinte y veintidós años, porte físico de deportista o trabajo gimnástico; viste pantalón jeans y chaqueta de pana azul oscura. La corbata floja en el nudo, señala el término de un día de mucho ajetreo.
--"Bastante común, sin estar mal. Pero definitivamente no es mi tipo"--, se convence la joven, tratando de desviar el pensamiento hacia otras cosas.
No obstante, dentro de sí persiste una pequeña sensación de inconformidad, algo como un reto sin definir, que sólo espera el impulso de una breve justificación para expresarse, no descartar el asunto y sentirse vencida, como dedujo ya lo estaría el joven.
Y el pretexto le llega como disyuntiva de consolación. --"Bien, para charlar, mientras llego al paradero, no está mal"--. Y convencida por su propia determinación, que en el fondo desea, le lanza un cabo al chico para librarlo del inminente naufragio.
-Y tú, ¿de qué Universidad, eres?
Jorge se siente reanimado, y desde el fondo del corazón agradece ese segundo aire, del cual toma una buena porción para responderle:
-¡De Los Andes! Estudio Economía.
La pequeña lumbre, que estuvo a punto de extinguirse por falta de oxígeno, toma bríos renovados. El chico ahora está seguro de que por su parte no la dejará consumir, y vuelve a preguntar con seguridad.
-¿Dónde está tu paradero?
-En la séptima con la 94, frente al Seminario Mayor-, contesta la muchacha, satisfecha de haber conseguido su propósito.
-Pero, allí, ¿en el Museo del Chicó?- vacila Jorge.
-Sí, vivo dos cuadras bajando, al occidente por la avenida 94.
-Ah, me sirve bajar allí-, afirma el joven.
La chica no contesta, pero desvió la mirada para no reírse, pues era obvio que se trataba de un pretexto para acompañarla a casa.
Ya en ese plan, y para afinar el trato durante el trayecto charlan animadamente de asuntos propìos a su condición de estudiantes, mezclando temas menudos de cotilleo sobre cine, jazz, farándula y chateo con amistades virtuales. Cuando se apean del vehículo, él la toma galantemente por el brazo y la conduce con sumo cuidado, sorteando el terrible tráfico de la ciudad a esa hora del anochecer. A la chica le encantó el detalle.
Más adelante, Jorge pregunta:
-¿Sabes?
-¡Ajá!, ¿qué? -inquiere ella, intrigada.
-Que tienes unos ojos hermosos, de un verde que no he podido definir-. Lo dijo con convicción, como en confidencia halagadora.
Pero ella no responde; y con el silenció le indica que ha incurrido en una expresión común.
Anduvieron dos cuadras por la pequeña pendiente que desemboca en la avenida; y al llegar a la esquina, la joven se presenta, igual que él.
-Mira, soy Carolina..., te agradezco la compañía, pero debo despedirme; tengo que terminar un trabajo en la asignatura de metafísica. Es muy complejo... Tendré que consultar libros y libros esta noche, y lo que falte, lo haré el fin de semana en la biblioteca Luís Ángel Arango. Es un trabajo sobre trasmigración...
¿De almas? complementa, Jorge.
¡Sí, precisamente!. Es algo que me atrae de veras.
Con la respuesta de Carolina el chico se siente exultante. Cuenta con el trinfo que le permitirá tomar la iniciativa en la relación que se establece entre hombre y mujer cuando se inicia la urdimbre de sentimientos, que al final determinará el éxito o el fracaso de una relación permanente, en la cual el hombre debe tomar la iniciativa en un campo de actividad que le es desconocido, mientras que a la mujer le corresponde una conducta de función expectante. Así que convencido de haber tomado la delantera, afirma:
Sé algo de ello...
¿Verdad? Y, por qué. ¿Has estudiado sobre el tema?
--Lo conozco desde bachillerato; soy egresado de un colegio de jesuitas y tuve acceso a ese tipo de literatura. Comencé con los pitagóricos, que sentaron la doctrina de la metempsicosis, y luego con los doctores de la Iglesia. El Padre Juan Gregorio de Guzmán escribió un buen tema: "De demonios exórticos y trasmigrantes", hace más de doscientos años. Y te puedo asegurar que hasta hoy, no ha sido superado; con todo y lo que se ha escrito y especulado sobre el tema--. Afirmó Jorge plenamente convencido de su superioridad sobre el asunto frente a la muchacha.
Con la explicación, si algún recelo o duda hubo por parte de Carolina hacia Jorge se disipó; y ella bajó la guardia. Encantada, además de convencida por los conocimientos del muchacho, le propuso conversar sobre el asunto mientras compartían un capuchino, allí cerca, en la cafetería a la entrada del zaguán del parque del museo, antes que cerraran por la proximidad de la noche.
Con el sabor del triunfo, Jorge acepta y hablaron por más de dos horas, con aquella fiebre de novatos, sobre reencarnación de almas especialmente por ser el tema que más atrae el interés de Carolina. El conocimiento de él sobre las culturas clásicas y sus diferentes rituales con plantas sagradas como el mirto y el laurel; los azufres, las señales de los astros, el humo de determinados fuegos, las entrañas de las aves, la música ¡sobre todo la música!, para captar señales del cómo se conducen las almas de los fallecidos, deja atónita a la muchacha.
Además, la introdujo en mitos, como cuando los campesinos daban caza a lobos devoradores de hombres, a los que ahorcaban para impedir que el alma del animal escapase y tomara posesión de un cuerpo humano, dando origen a seres violentos, asesinos y desalmados. Al final de la amena y relajante charla, Jorge se ofreció llamarla, chatear y enviarle, por fax o internet, algunos apuntes sobre la materia, que él conservaba en sus archivos.
Se volverían a encontrar en el mismo lugar por dos veces más, a la misma hora, cuando Carolina regresaba de la universidad.
Durante las entrevistas la joven le explica por qué escogió el tema de la trasmigración dentro del crédito de teosofía. Primero, porque la apasiona lo esotérico, muy de actualidad en el campo de la psiquiatría. Segundo, porque había conocido en Barranquilla, durante las últimas vacaciones en casa de una tía, a Candelaria Abreu, parapsicóloga de mucho renombre y credibilidad, que la introdujo en el espiritismo y con quien había participado en una que otra sesión para invocar la presencia de espíritus en el limbo que estuvieren expiando culpas, y de almas trashumantes en rigor de penas.
Candelaria, descendiente de una antigua familia mulata de Martinica, que luego de varias revueltas sociales se estableció en Cuba, contaba con un hermano en el ejército de alzados contra Batista, que la habilitó para recibir una beca del Gobierno y adelantar estudios en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú. Allí se recibió con honores y terminados sus estudios no quiso retornar a la isla, escogiendo Barranquilla para ejercer su profesión y no perderse el ambiente caribeño. En Rusia adquirió sólidos conocimientos estudiando a fondo al francés Allan Kardec, especialmente su texto, "El Libro de los Espíritus". Este abogado, cuyo verdadero nombre era Hippolite Dénizard, estudioso de las teorías de Mesmer y Paracelso sobre los fluidos magnéticos o energías, fue quien dotó de bases filosóficas y morales, luego de muchas experiencias extrasensoriales con entidades que él llamó espíritus, al naciente espiritismo. A las entidades las dividió en órdenes de acuerdo con su naturaleza y finalidad, sobre un dacálogo con reminiscencias judeocristianas. Uno de estos preceptos del decálogo es el que considera al suicidio y al asesinato como atentados contra el orden universal.
Con este tinglado, Candelaria alquiló casa conservada, amplia y cómoda, cerca al centro turístico, abriendo allí su consultorio, que prosperó-- si así se puede expresar--, y se convirtió en lugar de santería, lectura del porvenir y rituales de brujería, que le proporcionarían mejores ingresos. La dotó de la parafernalia adecuada, y el complemento llega, no se sabe de dónde. Se trató de un gato siamés, de pelaje ámbar oscuro, con ojos azules fosforescentes, que irradiaban tonalidades distintas, de acuerdo con el trabajo que estuviere invocando la joven nigromante.
El animal recaló como si le fuera familiar el lugar y conociera de antaño a su propietaria. Con aire de suficiencia lo buscó y se acostó sobre el escabel de seda y pluma que Candelaria tenía para descanso de los pies. Y de allí nunca se cambió, aunque eventualmente salía después de la media noche y regresaba al amanecer.
Los parroquianos de Candelaria lo hacían objeto de mimos y contemplaciones, y le acariciaban el lomo cuando entraban al sanctorum. Alguien, que frecuentaba el lugar, tuvo la acertada ocurrencia de bautizarlo con el apelativo de "Tiresias".
Y hubo uno que otro que juraban, a pie juntillas, que el animal era el espíritu de un monje que en altas horas de la noche, antes de sus caminatas por las sombras, le proporcionaba a la hechicera sus cábalas y acertijos para el correcto manejo de las angustias de sus confidentes.
En el litoral, la casa de Candelaria constituyó todo un acontecimiento. Pero el hecho más destacado, el que sirvió para elevar su éxito profesional y que su nombre se propagase como pandemia por toda la zona, fue el caso del muerto viviente, tal y como se esparció la noticia por pueblos y rancherías.
En Cartagena de Indias la ilustre dama María Fernanda de Zubiría fallece a los ochenta y tres años víctima de un paro cardiaco. El médico de la familia, que expidió el certificado de defunción, cuenta que la Niña Fencho murió apaciblemente, como un pajarito. Eso fue un viernes en la tarde. La consternación de la familia por la desaparición de la gran matrona es grande, pues se trataba de una dama de perfil romano, dadas sus reconocidas virtudes. Todos los destacados de la ciudad querían acompañar los familiares y amigos al sepelio, que sería oficiado por el Obispo de la Diócesis. Pero para consternación de muchos dos de sus nietos, consentidos, pechichones, por esos días se encuentraban en Panamá, donde les llega la luctuosa noticia. El problema surge cuando en la línea aérea les comunican que sólo habrá vuelos a Cartagena el lunes siguiente, sin confirmar. Lo que implica un desastre, porque el cadáver debido a las altas temperaturas, de más de cuarenta grados a la sombra en esa zona, debía ser inhumado o cremado a más tardar el sábado siguiente; o abrir el cuerpo e introducirle sustancias que lo preservasen hasta la llegada de los ausentes.
Acuden a Candelaria y le comunican sus deseos de no profanar el cadáver. Ella viaja velozmente desde Barranquilla, penetra en la habitación cerrada donde el aire está enrarecido por los humores de muerte, se acerca, se hinca de rodillas frente al cuerpo yaciente y reza algunas palabras en voz audible únicamente para ella; y meditando espera. Media hora después el ambiente ha cambiado. Se respira aroma de sándalo, las rigideces cadavéricas han desaparecido y el cuerpo parece en reposo.
Luego, con gesto grave, les comunica a los familiares y presentes:
El cadáver puede esperar hasta el martes por la noche
Todos se miran dudosos, pero nada objetan por respeto; y formaron guardia día y noche en la habitación de la dama fallecida.
Por fin, el lunes por la tarde, llegan Jaime e Iván, los nietos. Muy acongojados, son recibidos por Candelaria, que da instrucciones para que los dos, y el mayor de los hijos, sean los únicos en entrar a la habitación. Así se hace. Los tres, precedidos por Candelaria, se aproximan al cuerpo. Ella les ordena:
¡Pueden tomarle las manos y despedirse, expresando su afecto!
Los nietos y el hijo mayor, Mario, se inclinan sobre el cuerpo y apoyan sus dedos sobre las manos de la dama. Inmediatamente en los ojos cerrados de la muerta se filtran lágrimas que se deslizan por las mejillas. Es tal la turbación de todos que estuvieron a punto de desmayarse, según lo narrarían después a familiares y amigos.
Hecho lo anterior, el cadáver vuelve y toma la apariencia de un ser muerto, con la rigidez y las palideces propias de su estado.
Ahora, procedan a su cremación o inhumación, ordena Candelaria. Y abandonó el lugar sin esperar ninguna contraprestación.
Sobre estos antecedentes tan significativos en las capacidades del manejo del más allá por Candelaria, se crea una relación empática muy particular entre las chicas, hasta el punto de que la parapsicóloga la animó para invocar el alma de un bisabuelo de Carolina, que se había suicidado de un disparo en la cabeza tras la depresión económica que azotó al país después de la Guerra de los mil días; y de quién la familia había recibido por herencia genética el color particular de los ojos, que tanto los llenaba de orgullo. El asunto le interesó particularmente a Candelaria, porque según ésta, los muertos por suicidio tienen naturaleza indefinida y trágica, que consiste en que la energía cósmica se materializa como karma en seres inferiores del reino de los muertos, debido a la violación del orden natural.
Con algo de prevención y mucho de miedo, Carolina aceptó, y una noche acompañada de dos de sus primas se presentó a la Casa de los Espíritus, como los vecinos acostumbraban llamar aquel lugar.
La sala que los acoge es sencilla, los muros cubiertos totalmente con gruesas cortinas de damasco rojo, un pequeño equipo de sonido a la derecha y una gran mesa redonda en el centro de la habitación, color caoba, revestida con una amplia carpeta de color amarillo. La complementan cinco sillas de espaldar abultado. Y en un costado, una pequeña vitrina con aves disecadas y muchos textos sobre espiritismo.
A la hora indicada entra Candelaria (hay allí dos personas más: un sacerdote y un militar retirado), los organiza en círculo, les indica que se tomen de las manos formando cadena, sin nada de tensión, especialmente en los músculos de la frente; el cuerpo relajado y los ojos cerrados, para evitar interferencias visuales. A continuación prende el equipo de sonido y pone la "Danza de los espíritus benditos", de Gluck. Luego imparte instrucciones para que dejen la imaginación libre a fin de permitir que los acordes de la música formen imágenes mentales espontáneas en las que deben concentrarse. La suave melodía inunda el pequeño salón y de acuerdo con las indicaciones de la oficiante, todos proceden a conseguir una profunda y adecuada meditación.
Cuando el silencio indica que han entrado en trance, sólo se escucha la voz de Candelaria que salmodia conjuros místicos con el nombre del abuelo difunto, y advocaciones a su dispersa energía espiritual para que se convierta en imagen audible con presencia en ese mismo lugar. ¡La tensión crece! De súbito se escucha ronco gruñido seguido de aullidos prolongados emitidos por una bestia extraña, que a todos les pone la piel urticante, los cabellos erizados, el corazón acelerado y el cuerpo bañado en copioso sudor.
Tras varios intentos, los presentes no logran la comunicación sicofísica con el alma del difunto, porque los gruñidos ululantes y los aullidos lastimeros son más espeluznantes; y la concentración se rompe, abortando la sesión espiritista. El asunto es tan grave, que dá origen a que Candelaria se muestre perturbada y hasta visiblemente preocupada, pues los fracasos son indicios de la presencia de entidades vengativas en los umbrales de la muerte, según lo confesó luego a los asistentes.
Y no carecía de razón; porque en otras experiencias, donde también hubo fracaso, Candelaria pudo observar que los espíritus de los muertos habían regresado bajo diferentes naturalezas para tomar venganza contra las personas que habían interrumpido el proceso transmigratorio intemporal y cósmico de la energía espiritual.
En ello, Carolina hubo de viajar a Bogotá para reincorporarse a sus estudios y el asunto quedó en el limbo, a la espera de una próxima oportunidad.
Jorge escuchaba a Carolina muy serio y alarmado, porque entiende que para la chica la experiencia con Candelaria había sido un pasatiempo sin rigor científico, sin connotaciones; algo parecido a una fiesta infantil, con mago al fondo y todo ello. Aunque había quedado algo pendiente en las esporas del espacio...
Pensativo, pregunta a Carolina:
La noche de la sesión espiritista, ¿qué viste durante la concentración en la música?
Pues, mira: En un comienzo sentí una paz interior maravillosa; luego vi un cementerio rodeado de elevados y negros cipreses con tumbas grises. De las losas se iban desprendiendo columnas deshilachadas de niebla blanca al discurrir las notas musicales de frases cortas, que luego expiraban suavemente. Tras el inicio, el espacio se cubrió completamente de una luna plena con irradiaciones acentuadas en matiz blanco. La niebla se hizo más y más densa de acuerdo con el fragor de los instrumentos, comenzando a tomar formas humanas. De repente una sombra enorme, como la de un cuadrúpedo enfurecido, invadió el lugar borrándolo todo y no pudimos concentrarnos más.
¿Y qué vieron tus primas?
¿Ellas? Todo exactamente como lo viví yo, con la misma experiencia. Contestó Carolina, con lo más elaborado de su ingenuidad, y mirándolo fijamente a los ojos.
Como esa noche el tiempo se agotó, suspendieron el tema para continuarlo en la próxima entrevista, mientras los dos obtenían argumentos para explicarse lo sucedido en Barranquilla.
Hoy iban a tratarlo. Carolina lo recibió cariñosamente y le ofrece la mejilla para que la salude con un beso. Jorge la envuelve con una mirada rápida y furtiva. Acude vestida con una blusa azul pálido con manga corta; el fino percal adecuadamente diseñado permite la insinuación exquisita, pero discreta de los senos de la muchacha. La falda bien corta y entubada. Medias caladas en gris perla y unas zapatillas de medio tacón, le dan una apariencia esbelta y ágil de singular atractivo.
"¡Espectacular!", aprueba el muchacho.
Y como hay frío en el ambiente por la llegada de la noche, se quitó la chaqueta para abrigarle los hombros; pero ella con gesto amable rehusó el ofrecimiento, afirmando encontrarse bien así.
Después del breve saludo los dos penetran por el camino empedrado que da acceso al parque, entre niños de corta edad y sus acompañantes, que a esa hora lo abandonan, después de una tarde de juegos y sencillas distracciones en los jardines. Sobre el césped se ven algunos desperdicios. La hora, entre las cinco y las seis, pinta con ribetes de sombra algunos arbustos y envuelve completamente el severo edificio del Museo ubicado en la parte derecha del parquecito. Un último rayo de sol muere en la copa de los árboles más altos, dando inicio al crepúsculo de la noche que se mete de lleno.
La pareja de jóvenes busca dos pequeños troncos estratégicos, habilitados como poyos, y se sientan uno junto al otro con la cara mirando hacia la salida, que ya está completamente vacía. Un foco, solamente, permanece encendido sobre la puerta del café, que pronto será cerrado.
Carolina entretanto habla y habla; pero Jorge no le presta atención, porque se halla concentrado en algo premonitorio que lo inquieta, pero que no sabe en realidad, qué podría ser.
Atento, sin desviar los ojos de la penumbra en la puerta del parque, lo divisa: se trata de un pequeño can, de aquellos vagabundos que merodean furtivamente al anochecer por el lugar cuando no hay presentes, para aprovecharse de algunas sobras dejadas en el piso por descuido en la premura de las personas para alejarse del lugar saturado del frío de la noche.
El perro husmea el viento y por alguna indicación en sí mismo se dirige a la pareja, especialmente a la muchacha, que cesa su conversación y lo recibe con cariño sin sospechar en nada.
--Hola, ¡perrito!-- , dice; y estira la mano para chasquear los dedos cariñosamente. Entre tanto, el animal la huele insistentemente y la rodea varias veces. Jorge no le quita la mirada: está hipnotizado por la presencia del perro y no atina a decir nada.
Con la cabeza gacha, la mirada oblicua e indecisa, el hocico abierto, el lomo arqueado y la cola entre las patas, el perro se va acercando más y más al cuerpo de Carolina, que nerviosa por la actitud hostil del animal, exclama: --Uy, ¡qué miedo! Jorge, ¡quítamelo de encima!
El muchacho hace un ademán brusco para espantarlo, pero el animal lo enfrenta con un feroz gruñido, los colmillos amenazantes. Jorge no lo supo; pero tal vez debido a los efectos del terror que lo invade, lo ve enorme, colosal, como un monstruo que va a hacer presa en él. La convulsión le hace perder el habla, queda paralizado y en ese momento no es consciente dónde está y con quién se halla.
El perro se vuelve a Carolina en actitud humillada, de mascota consentida, sin aprontes de agresión y se dispone taimadamente a lamerle los brazos y las piernas que tiene al descubierto. Mas ella trata de mantenerlo alejado con sus gemidos: --¡no!, ¡no!, ¡no!--, en un acto reflejo, sin comprender la ambigua determinación del animal. La lengua encarnada, húmeda y flexible, hace varios intentos por alcanzar la piel de la joven mujer, que tiembla de pavor.
Como puede, Jorge toma un poco de valor y lanza un puntapié. El animal revira, lo mira fijamente y lo deja helado: la bestia tiene el mismo color de los ojos de Carolina; sólo que ahora son oscuros y rígidos, como los de una serpiente.
El animal chilla y se concentra en el rostro de la chica, que despavorida lanza un alarido: --¡Abuelo!, ¡no!; por favor..., perdóname, perdóname, nunca más turbaré tu descanso--. Y cae de rodillas frente al perro, que ahora parece apaciguarse, encogerse y tomar su natural dimensión.
Mientras la joven llora inconsolablemente y suplica perdón, el perro se va alejando ente chillidos y lamentos. Cuando llega a la puerta del parque lanza un desgarrador aullido y se pierde en la sombra.
El aullido rasga la piel de Jorge, y le penetra el alma por el resto de su vida.
Dos cuadras adelante, al llegar a la carrera novena, gira a la izquierda para alcanzar la puerta que se abre al parquecito junto a la casa señorial del Museo y acelera el paso cuando divisa a Carolina que está esperándolo en el lugar convenido. Sonriente aprueba la puntualidad de la joven al tiempo que disfruta con su encuentro. Y mientras llega junto a ella apenas tiene tiempo de recordar cómo la conoció.
Fue la tarde de un lunes, dos o tres semanas antes, a eso de las cuatro y media, cuando con su amigo, Eduardo, (cómplice de bebetas, chupando bareto colombian golden en noches de rumbas los viernes hasta el amanecer) acuerdan reunirse en la puerta principal de la Universidad Javeriana para trabajar el proyecto que Jorge debe entregar el sábado siguiente, a más tardar, porque del resultado depende el promedio de sus notas del semestre.
Como la cita coincidía con la salida de los estudiantes, el lugar parece mitin político, por la gente que circula por allí, dando voces que se convierten en rumor y luego en estampida, cuando penetra por puertas, pasillos y escaleras; todos con premura para abandonar el lugar. Unos para tomar el transporte de la carrera Séptima, que a esa hora se convierte en caos. Y otros, a la espera de familiares que los recogerán para llevarlos a sus destinos.
Esquivando el tropel, Jorge se ubica en el lugar convenido y esperó. Transcurrida media hora la gente se fuen dispersando, pero el amigo no llega; y como necesita de su ayuda decide esperar veinte minutos, que le parecen siglos y le agrian el carácter. Marca entonces el número de Eduardo. La operadora contesta: el usuario no responde, pruebe más tarde, o deje su mensaje en el buzón.
"¡Qué cabrón!" -piensa. "¿Dónde diablos se habrá metido?" Y golpeándose la frente cae en cuenta de que Eduardo estará, en ese instante, como chico estrenando triciclo con lo de la loca, su nuevo prospecto, la estudiante de la pasantía en el psiquiátrico de Sibaté, desde hacía quince días.
Desalentado, lo invade un malestar enervante, porque está convencido de que él solo no puede con el trabajo. Y contrariado por la situación, decide alejarse de allí, tomando el primer vehículo que pasa a su disposición.
Oportuno es destacar cómo un hecho elemental, y además involuntario en apariencia, pudiere influir en la vida de este hombre. Y como dice el refrán: El hombre propone pero el destino dispone, la inasistencia de Eduardo a la cita pondría a Jorge frente a una experiencia que jamás olvidaría.
Ya en el autobús, Jorge ocupa un asiento en la parte de atrás, libera la presión de la corbata y con mente sosegada se dispone hallarle solución al problema, sobre todo para que no lo inquiete por el resto de la tarde.
Es cuando la ve. Ocupa puesto lateral al suyo. Parece afanada, porque consulta varias veces el reloj de pulso que le adorna la muñeca. Con interés, pero con disimulo, la observa: fina silueta, estatura media, piel trigueña clara, diríase más bien acanelada por el maquillaje aplicado en suaves tonos; corto el cabello y liso, peinado hacia atrás y sostenido por un lazo de cinta roja que le despeja la frente amplia, permitiendo apreciar rasgos distinguidos en el rostro angulado por una línea que une el mentón con los pómulos tenues. Viste en forma sencilla, pero con acertado gusto. La blusa, en seda beige, hace juego con la falda carmelita de paño grueso en tono de moda, con excelente corte. Y sostiene en el brazo una chaquetilla, apropiada para protegerse del frío en caso de que la temperatura descienda al anochecer. Completa su atuendo un bolso de piel gris, en la misma tonalidad de la chaqueta, con libros y menaje de estudiante. Y como si presintiera que es objeto de observación, vuelve la cara y mira hacia el lugar del joven, pero no a la persona.
Es cuando Jorge descubre que la chica tiene bellos ojos verdes enmarcados por largas pestañas; que sin ser brillantes, destacan una tonalidad de hierba fresca, acentuando el encanto de su rostro.
"Es preciosa" piensa. Y antes que lo invada algún asomo de vacilación le propone charla, metiéndose de lleno en terreno movedizo.
-¿Tú, de qué facultad eres?
Ella lo miró seria y pausadamente, como midiendo su respuesta.
-De filosofía-, contesta con modestia deliberada, casi al descuido; y para restarle importancia desvió la mirada.
La pregunta la toma por sorpresa, no obstante estar acostumbrada a ese tipo de abordajes por chicos de su misma edad y condición, simplemente para entablar conversación. Pero ella no aceptó el reto, "¡Que hombre más bobo!, es muy simple para iniciar conversación con una desconocida".
¡Qué calamidad! El ambiente se muestra hostil, deleznable y sin futuro. Así lo reconoce el propio Jorge que está cohibido; y es tal su turbación, que sólo atina a decir:
¡Ah, que bien! Lamentando su torpeza.
Está desolado. Atascado. Sin originalidad; algo sorprendente, puesto que es de los recursos que mejor maneja cuando de mujeres se trata. Y sin darse por vencido, pero sí atrapado, busca cómo escabullirse, salir del embrollo y se aventura:
-¿Conoces a Eduardo Arcila? Cursa octavo semestre de diseño industrial.
-En la universidad somos más de cinco mil estudiantes-, es la seca respuesta de la chica. Sin embargo ella se sorprende, porque en lugar de molestarle la insistencia del muchacho, siente lástima por la ambigüedad de su conducta.
Jorge no encuentra la saliente en la roca fría para apoyarse y no caer en el desbarrancadero que ya vislumbra con lamentación, y guardó silencio; lo que la chica aprovecha para estudiarlo con minuciosidad de mujer: Trigueño, cabello negro y abundante, barba cerrada, (adecuadamente rasurado) entre veinte y veintidós años, porte físico de deportista o trabajo gimnástico; viste pantalón jeans y chaqueta de pana azul oscura. La corbata floja en el nudo, señala el término de un día de mucho ajetreo.
--"Bastante común, sin estar mal. Pero definitivamente no es mi tipo"--, se convence la joven, tratando de desviar el pensamiento hacia otras cosas.
No obstante, dentro de sí persiste una pequeña sensación de inconformidad, algo como un reto sin definir, que sólo espera el impulso de una breve justificación para expresarse, no descartar el asunto y sentirse vencida, como dedujo ya lo estaría el joven.
Y el pretexto le llega como disyuntiva de consolación. --"Bien, para charlar, mientras llego al paradero, no está mal"--. Y convencida por su propia determinación, que en el fondo desea, le lanza un cabo al chico para librarlo del inminente naufragio.
-Y tú, ¿de qué Universidad, eres?
Jorge se siente reanimado, y desde el fondo del corazón agradece ese segundo aire, del cual toma una buena porción para responderle:
-¡De Los Andes! Estudio Economía.
La pequeña lumbre, que estuvo a punto de extinguirse por falta de oxígeno, toma bríos renovados. El chico ahora está seguro de que por su parte no la dejará consumir, y vuelve a preguntar con seguridad.
-¿Dónde está tu paradero?
-En la séptima con la 94, frente al Seminario Mayor-, contesta la muchacha, satisfecha de haber conseguido su propósito.
-Pero, allí, ¿en el Museo del Chicó?- vacila Jorge.
-Sí, vivo dos cuadras bajando, al occidente por la avenida 94.
-Ah, me sirve bajar allí-, afirma el joven.
La chica no contesta, pero desvió la mirada para no reírse, pues era obvio que se trataba de un pretexto para acompañarla a casa.
Ya en ese plan, y para afinar el trato durante el trayecto charlan animadamente de asuntos propìos a su condición de estudiantes, mezclando temas menudos de cotilleo sobre cine, jazz, farándula y chateo con amistades virtuales. Cuando se apean del vehículo, él la toma galantemente por el brazo y la conduce con sumo cuidado, sorteando el terrible tráfico de la ciudad a esa hora del anochecer. A la chica le encantó el detalle.
Más adelante, Jorge pregunta:
-¿Sabes?
-¡Ajá!, ¿qué? -inquiere ella, intrigada.
-Que tienes unos ojos hermosos, de un verde que no he podido definir-. Lo dijo con convicción, como en confidencia halagadora.
Pero ella no responde; y con el silenció le indica que ha incurrido en una expresión común.
Anduvieron dos cuadras por la pequeña pendiente que desemboca en la avenida; y al llegar a la esquina, la joven se presenta, igual que él.
-Mira, soy Carolina..., te agradezco la compañía, pero debo despedirme; tengo que terminar un trabajo en la asignatura de metafísica. Es muy complejo... Tendré que consultar libros y libros esta noche, y lo que falte, lo haré el fin de semana en la biblioteca Luís Ángel Arango. Es un trabajo sobre trasmigración...
¿De almas? complementa, Jorge.
¡Sí, precisamente!. Es algo que me atrae de veras.
Con la respuesta de Carolina el chico se siente exultante. Cuenta con el trinfo que le permitirá tomar la iniciativa en la relación que se establece entre hombre y mujer cuando se inicia la urdimbre de sentimientos, que al final determinará el éxito o el fracaso de una relación permanente, en la cual el hombre debe tomar la iniciativa en un campo de actividad que le es desconocido, mientras que a la mujer le corresponde una conducta de función expectante. Así que convencido de haber tomado la delantera, afirma:
Sé algo de ello...
¿Verdad? Y, por qué. ¿Has estudiado sobre el tema?
--Lo conozco desde bachillerato; soy egresado de un colegio de jesuitas y tuve acceso a ese tipo de literatura. Comencé con los pitagóricos, que sentaron la doctrina de la metempsicosis, y luego con los doctores de la Iglesia. El Padre Juan Gregorio de Guzmán escribió un buen tema: "De demonios exórticos y trasmigrantes", hace más de doscientos años. Y te puedo asegurar que hasta hoy, no ha sido superado; con todo y lo que se ha escrito y especulado sobre el tema--. Afirmó Jorge plenamente convencido de su superioridad sobre el asunto frente a la muchacha.
Con la explicación, si algún recelo o duda hubo por parte de Carolina hacia Jorge se disipó; y ella bajó la guardia. Encantada, además de convencida por los conocimientos del muchacho, le propuso conversar sobre el asunto mientras compartían un capuchino, allí cerca, en la cafetería a la entrada del zaguán del parque del museo, antes que cerraran por la proximidad de la noche.
Con el sabor del triunfo, Jorge acepta y hablaron por más de dos horas, con aquella fiebre de novatos, sobre reencarnación de almas especialmente por ser el tema que más atrae el interés de Carolina. El conocimiento de él sobre las culturas clásicas y sus diferentes rituales con plantas sagradas como el mirto y el laurel; los azufres, las señales de los astros, el humo de determinados fuegos, las entrañas de las aves, la música ¡sobre todo la música!, para captar señales del cómo se conducen las almas de los fallecidos, deja atónita a la muchacha.
Además, la introdujo en mitos, como cuando los campesinos daban caza a lobos devoradores de hombres, a los que ahorcaban para impedir que el alma del animal escapase y tomara posesión de un cuerpo humano, dando origen a seres violentos, asesinos y desalmados. Al final de la amena y relajante charla, Jorge se ofreció llamarla, chatear y enviarle, por fax o internet, algunos apuntes sobre la materia, que él conservaba en sus archivos.
Se volverían a encontrar en el mismo lugar por dos veces más, a la misma hora, cuando Carolina regresaba de la universidad.
Durante las entrevistas la joven le explica por qué escogió el tema de la trasmigración dentro del crédito de teosofía. Primero, porque la apasiona lo esotérico, muy de actualidad en el campo de la psiquiatría. Segundo, porque había conocido en Barranquilla, durante las últimas vacaciones en casa de una tía, a Candelaria Abreu, parapsicóloga de mucho renombre y credibilidad, que la introdujo en el espiritismo y con quien había participado en una que otra sesión para invocar la presencia de espíritus en el limbo que estuvieren expiando culpas, y de almas trashumantes en rigor de penas.
Candelaria, descendiente de una antigua familia mulata de Martinica, que luego de varias revueltas sociales se estableció en Cuba, contaba con un hermano en el ejército de alzados contra Batista, que la habilitó para recibir una beca del Gobierno y adelantar estudios en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú. Allí se recibió con honores y terminados sus estudios no quiso retornar a la isla, escogiendo Barranquilla para ejercer su profesión y no perderse el ambiente caribeño. En Rusia adquirió sólidos conocimientos estudiando a fondo al francés Allan Kardec, especialmente su texto, "El Libro de los Espíritus". Este abogado, cuyo verdadero nombre era Hippolite Dénizard, estudioso de las teorías de Mesmer y Paracelso sobre los fluidos magnéticos o energías, fue quien dotó de bases filosóficas y morales, luego de muchas experiencias extrasensoriales con entidades que él llamó espíritus, al naciente espiritismo. A las entidades las dividió en órdenes de acuerdo con su naturaleza y finalidad, sobre un dacálogo con reminiscencias judeocristianas. Uno de estos preceptos del decálogo es el que considera al suicidio y al asesinato como atentados contra el orden universal.
Con este tinglado, Candelaria alquiló casa conservada, amplia y cómoda, cerca al centro turístico, abriendo allí su consultorio, que prosperó-- si así se puede expresar--, y se convirtió en lugar de santería, lectura del porvenir y rituales de brujería, que le proporcionarían mejores ingresos. La dotó de la parafernalia adecuada, y el complemento llega, no se sabe de dónde. Se trató de un gato siamés, de pelaje ámbar oscuro, con ojos azules fosforescentes, que irradiaban tonalidades distintas, de acuerdo con el trabajo que estuviere invocando la joven nigromante.
El animal recaló como si le fuera familiar el lugar y conociera de antaño a su propietaria. Con aire de suficiencia lo buscó y se acostó sobre el escabel de seda y pluma que Candelaria tenía para descanso de los pies. Y de allí nunca se cambió, aunque eventualmente salía después de la media noche y regresaba al amanecer.
Los parroquianos de Candelaria lo hacían objeto de mimos y contemplaciones, y le acariciaban el lomo cuando entraban al sanctorum. Alguien, que frecuentaba el lugar, tuvo la acertada ocurrencia de bautizarlo con el apelativo de "Tiresias".
Y hubo uno que otro que juraban, a pie juntillas, que el animal era el espíritu de un monje que en altas horas de la noche, antes de sus caminatas por las sombras, le proporcionaba a la hechicera sus cábalas y acertijos para el correcto manejo de las angustias de sus confidentes.
En el litoral, la casa de Candelaria constituyó todo un acontecimiento. Pero el hecho más destacado, el que sirvió para elevar su éxito profesional y que su nombre se propagase como pandemia por toda la zona, fue el caso del muerto viviente, tal y como se esparció la noticia por pueblos y rancherías.
En Cartagena de Indias la ilustre dama María Fernanda de Zubiría fallece a los ochenta y tres años víctima de un paro cardiaco. El médico de la familia, que expidió el certificado de defunción, cuenta que la Niña Fencho murió apaciblemente, como un pajarito. Eso fue un viernes en la tarde. La consternación de la familia por la desaparición de la gran matrona es grande, pues se trataba de una dama de perfil romano, dadas sus reconocidas virtudes. Todos los destacados de la ciudad querían acompañar los familiares y amigos al sepelio, que sería oficiado por el Obispo de la Diócesis. Pero para consternación de muchos dos de sus nietos, consentidos, pechichones, por esos días se encuentraban en Panamá, donde les llega la luctuosa noticia. El problema surge cuando en la línea aérea les comunican que sólo habrá vuelos a Cartagena el lunes siguiente, sin confirmar. Lo que implica un desastre, porque el cadáver debido a las altas temperaturas, de más de cuarenta grados a la sombra en esa zona, debía ser inhumado o cremado a más tardar el sábado siguiente; o abrir el cuerpo e introducirle sustancias que lo preservasen hasta la llegada de los ausentes.
Acuden a Candelaria y le comunican sus deseos de no profanar el cadáver. Ella viaja velozmente desde Barranquilla, penetra en la habitación cerrada donde el aire está enrarecido por los humores de muerte, se acerca, se hinca de rodillas frente al cuerpo yaciente y reza algunas palabras en voz audible únicamente para ella; y meditando espera. Media hora después el ambiente ha cambiado. Se respira aroma de sándalo, las rigideces cadavéricas han desaparecido y el cuerpo parece en reposo.
Luego, con gesto grave, les comunica a los familiares y presentes:
El cadáver puede esperar hasta el martes por la noche
Todos se miran dudosos, pero nada objetan por respeto; y formaron guardia día y noche en la habitación de la dama fallecida.
Por fin, el lunes por la tarde, llegan Jaime e Iván, los nietos. Muy acongojados, son recibidos por Candelaria, que da instrucciones para que los dos, y el mayor de los hijos, sean los únicos en entrar a la habitación. Así se hace. Los tres, precedidos por Candelaria, se aproximan al cuerpo. Ella les ordena:
¡Pueden tomarle las manos y despedirse, expresando su afecto!
Los nietos y el hijo mayor, Mario, se inclinan sobre el cuerpo y apoyan sus dedos sobre las manos de la dama. Inmediatamente en los ojos cerrados de la muerta se filtran lágrimas que se deslizan por las mejillas. Es tal la turbación de todos que estuvieron a punto de desmayarse, según lo narrarían después a familiares y amigos.
Hecho lo anterior, el cadáver vuelve y toma la apariencia de un ser muerto, con la rigidez y las palideces propias de su estado.
Ahora, procedan a su cremación o inhumación, ordena Candelaria. Y abandonó el lugar sin esperar ninguna contraprestación.
Sobre estos antecedentes tan significativos en las capacidades del manejo del más allá por Candelaria, se crea una relación empática muy particular entre las chicas, hasta el punto de que la parapsicóloga la animó para invocar el alma de un bisabuelo de Carolina, que se había suicidado de un disparo en la cabeza tras la depresión económica que azotó al país después de la Guerra de los mil días; y de quién la familia había recibido por herencia genética el color particular de los ojos, que tanto los llenaba de orgullo. El asunto le interesó particularmente a Candelaria, porque según ésta, los muertos por suicidio tienen naturaleza indefinida y trágica, que consiste en que la energía cósmica se materializa como karma en seres inferiores del reino de los muertos, debido a la violación del orden natural.
Con algo de prevención y mucho de miedo, Carolina aceptó, y una noche acompañada de dos de sus primas se presentó a la Casa de los Espíritus, como los vecinos acostumbraban llamar aquel lugar.
La sala que los acoge es sencilla, los muros cubiertos totalmente con gruesas cortinas de damasco rojo, un pequeño equipo de sonido a la derecha y una gran mesa redonda en el centro de la habitación, color caoba, revestida con una amplia carpeta de color amarillo. La complementan cinco sillas de espaldar abultado. Y en un costado, una pequeña vitrina con aves disecadas y muchos textos sobre espiritismo.
A la hora indicada entra Candelaria (hay allí dos personas más: un sacerdote y un militar retirado), los organiza en círculo, les indica que se tomen de las manos formando cadena, sin nada de tensión, especialmente en los músculos de la frente; el cuerpo relajado y los ojos cerrados, para evitar interferencias visuales. A continuación prende el equipo de sonido y pone la "Danza de los espíritus benditos", de Gluck. Luego imparte instrucciones para que dejen la imaginación libre a fin de permitir que los acordes de la música formen imágenes mentales espontáneas en las que deben concentrarse. La suave melodía inunda el pequeño salón y de acuerdo con las indicaciones de la oficiante, todos proceden a conseguir una profunda y adecuada meditación.
Cuando el silencio indica que han entrado en trance, sólo se escucha la voz de Candelaria que salmodia conjuros místicos con el nombre del abuelo difunto, y advocaciones a su dispersa energía espiritual para que se convierta en imagen audible con presencia en ese mismo lugar. ¡La tensión crece! De súbito se escucha ronco gruñido seguido de aullidos prolongados emitidos por una bestia extraña, que a todos les pone la piel urticante, los cabellos erizados, el corazón acelerado y el cuerpo bañado en copioso sudor.
Tras varios intentos, los presentes no logran la comunicación sicofísica con el alma del difunto, porque los gruñidos ululantes y los aullidos lastimeros son más espeluznantes; y la concentración se rompe, abortando la sesión espiritista. El asunto es tan grave, que dá origen a que Candelaria se muestre perturbada y hasta visiblemente preocupada, pues los fracasos son indicios de la presencia de entidades vengativas en los umbrales de la muerte, según lo confesó luego a los asistentes.
Y no carecía de razón; porque en otras experiencias, donde también hubo fracaso, Candelaria pudo observar que los espíritus de los muertos habían regresado bajo diferentes naturalezas para tomar venganza contra las personas que habían interrumpido el proceso transmigratorio intemporal y cósmico de la energía espiritual.
En ello, Carolina hubo de viajar a Bogotá para reincorporarse a sus estudios y el asunto quedó en el limbo, a la espera de una próxima oportunidad.
Jorge escuchaba a Carolina muy serio y alarmado, porque entiende que para la chica la experiencia con Candelaria había sido un pasatiempo sin rigor científico, sin connotaciones; algo parecido a una fiesta infantil, con mago al fondo y todo ello. Aunque había quedado algo pendiente en las esporas del espacio...
Pensativo, pregunta a Carolina:
La noche de la sesión espiritista, ¿qué viste durante la concentración en la música?
Pues, mira: En un comienzo sentí una paz interior maravillosa; luego vi un cementerio rodeado de elevados y negros cipreses con tumbas grises. De las losas se iban desprendiendo columnas deshilachadas de niebla blanca al discurrir las notas musicales de frases cortas, que luego expiraban suavemente. Tras el inicio, el espacio se cubrió completamente de una luna plena con irradiaciones acentuadas en matiz blanco. La niebla se hizo más y más densa de acuerdo con el fragor de los instrumentos, comenzando a tomar formas humanas. De repente una sombra enorme, como la de un cuadrúpedo enfurecido, invadió el lugar borrándolo todo y no pudimos concentrarnos más.
¿Y qué vieron tus primas?
¿Ellas? Todo exactamente como lo viví yo, con la misma experiencia. Contestó Carolina, con lo más elaborado de su ingenuidad, y mirándolo fijamente a los ojos.
Como esa noche el tiempo se agotó, suspendieron el tema para continuarlo en la próxima entrevista, mientras los dos obtenían argumentos para explicarse lo sucedido en Barranquilla.
Hoy iban a tratarlo. Carolina lo recibió cariñosamente y le ofrece la mejilla para que la salude con un beso. Jorge la envuelve con una mirada rápida y furtiva. Acude vestida con una blusa azul pálido con manga corta; el fino percal adecuadamente diseñado permite la insinuación exquisita, pero discreta de los senos de la muchacha. La falda bien corta y entubada. Medias caladas en gris perla y unas zapatillas de medio tacón, le dan una apariencia esbelta y ágil de singular atractivo.
"¡Espectacular!", aprueba el muchacho.
Y como hay frío en el ambiente por la llegada de la noche, se quitó la chaqueta para abrigarle los hombros; pero ella con gesto amable rehusó el ofrecimiento, afirmando encontrarse bien así.
Después del breve saludo los dos penetran por el camino empedrado que da acceso al parque, entre niños de corta edad y sus acompañantes, que a esa hora lo abandonan, después de una tarde de juegos y sencillas distracciones en los jardines. Sobre el césped se ven algunos desperdicios. La hora, entre las cinco y las seis, pinta con ribetes de sombra algunos arbustos y envuelve completamente el severo edificio del Museo ubicado en la parte derecha del parquecito. Un último rayo de sol muere en la copa de los árboles más altos, dando inicio al crepúsculo de la noche que se mete de lleno.
La pareja de jóvenes busca dos pequeños troncos estratégicos, habilitados como poyos, y se sientan uno junto al otro con la cara mirando hacia la salida, que ya está completamente vacía. Un foco, solamente, permanece encendido sobre la puerta del café, que pronto será cerrado.
Carolina entretanto habla y habla; pero Jorge no le presta atención, porque se halla concentrado en algo premonitorio que lo inquieta, pero que no sabe en realidad, qué podría ser.
Atento, sin desviar los ojos de la penumbra en la puerta del parque, lo divisa: se trata de un pequeño can, de aquellos vagabundos que merodean furtivamente al anochecer por el lugar cuando no hay presentes, para aprovecharse de algunas sobras dejadas en el piso por descuido en la premura de las personas para alejarse del lugar saturado del frío de la noche.
El perro husmea el viento y por alguna indicación en sí mismo se dirige a la pareja, especialmente a la muchacha, que cesa su conversación y lo recibe con cariño sin sospechar en nada.
--Hola, ¡perrito!-- , dice; y estira la mano para chasquear los dedos cariñosamente. Entre tanto, el animal la huele insistentemente y la rodea varias veces. Jorge no le quita la mirada: está hipnotizado por la presencia del perro y no atina a decir nada.
Con la cabeza gacha, la mirada oblicua e indecisa, el hocico abierto, el lomo arqueado y la cola entre las patas, el perro se va acercando más y más al cuerpo de Carolina, que nerviosa por la actitud hostil del animal, exclama: --Uy, ¡qué miedo! Jorge, ¡quítamelo de encima!
El muchacho hace un ademán brusco para espantarlo, pero el animal lo enfrenta con un feroz gruñido, los colmillos amenazantes. Jorge no lo supo; pero tal vez debido a los efectos del terror que lo invade, lo ve enorme, colosal, como un monstruo que va a hacer presa en él. La convulsión le hace perder el habla, queda paralizado y en ese momento no es consciente dónde está y con quién se halla.
El perro se vuelve a Carolina en actitud humillada, de mascota consentida, sin aprontes de agresión y se dispone taimadamente a lamerle los brazos y las piernas que tiene al descubierto. Mas ella trata de mantenerlo alejado con sus gemidos: --¡no!, ¡no!, ¡no!--, en un acto reflejo, sin comprender la ambigua determinación del animal. La lengua encarnada, húmeda y flexible, hace varios intentos por alcanzar la piel de la joven mujer, que tiembla de pavor.
Como puede, Jorge toma un poco de valor y lanza un puntapié. El animal revira, lo mira fijamente y lo deja helado: la bestia tiene el mismo color de los ojos de Carolina; sólo que ahora son oscuros y rígidos, como los de una serpiente.
El animal chilla y se concentra en el rostro de la chica, que despavorida lanza un alarido: --¡Abuelo!, ¡no!; por favor..., perdóname, perdóname, nunca más turbaré tu descanso--. Y cae de rodillas frente al perro, que ahora parece apaciguarse, encogerse y tomar su natural dimensión.
Mientras la joven llora inconsolablemente y suplica perdón, el perro se va alejando ente chillidos y lamentos. Cuando llega a la puerta del parque lanza un desgarrador aullido y se pierde en la sombra.
El aullido rasga la piel de Jorge, y le penetra el alma por el resto de su vida.


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