Gothan, hijo de Zefir, se incorpora a medias. Las heridas sufridas en combate laceran sus entrañas y lo mantienen en el umbral de la inconsciencia. Entonces, busca ayuda y con esfuerzo se apoya en el recio tronco de Irminsul, el árbol sagrado, para llevarse con ojos de muerte las experiencias de un mundo que lo vio nacer hacía menos de veinte años.Recostado en la encina, hasta donde puede percibir con los sentidos extenuados, contempla el horizonte plagado de despojos, donde se confunden restos de carros de combate, armas, pertrechos y caballos destrozados con las vísceras anegadas en sangre, junto a guerreros muertos. Y miles de heridos lanzando quejidos que desgarran el aire, ya de suyo pesado por humores putrefactos.
El ejército, su amado ejército, ha sucumbido. Y agobiado por la angustia implora a los dioses para que de los cuatro cuerpos de nibelungos hubiesen escapado tan siquiera algunos guerreros al amparo de las sombras y estuviesen por alcanzar las tierras al este del gran Río. Pero, no obstante la congoja, el Príncipe esboza una tenue sonrisa reviviéndo cómo las legiones romanas fueron diezmadas; y cómo, en ese instante, el divino Trajano estaría lamentando su derrota y culpando del desastre a Claudio Marcelo, procónsul de las legiones de Panonia y el alto Danubio.
¿Cuál fue su error en la batalla? Ah, sí; concluye mientras lo agita la respiración. ¡Fue la caballería! Los hábiles jinetes teutones habíanse olvidado de la posición envolvente y por ello permitieron el empuje del rudo cuerpo de maceteros hispanos, quienes frenaron el despliegue de las fuerzas montadas, no obstante la alarma del caudillo Segismorth, quien había aconsejado acumular prudentes reservas en previsión de un desastre.
"¡Fue una hermosa batalla! Sin vencedores ni vencidos ", se dijo satisfecho, mientras los estertores de la agonía iniciaban veloz secuencia de experiencias pretéritas; un devenir en la conciencia, que le permitiría ver entre luces algunas sombras e imágenes superpuestas de su vida hasta el actual crucial instante. Llega también el recuerdo de su nacimiento, cuando su padre orgulloso lo levanta en brazos y lo presenta a su pueblo, que los vitoreaba en medio de grandes exclamaciones de regocijo y bienaventuranzas.
Pero el recuerdo que más le satisfizo fue su adolescencia, cuando bajo los auspicios de los Druidas acompañó a su padre en el viaje por Oriente, para auspiciar la confederación de los pueblos dispuestos a enfrentar la terrible dominación de la Roma imperial. Zefir lo incluyó en la embajada, asignándole un esclavo liberto, Menotas, de origen griego, para que lo ilustrase en la historia, la geografía, el manejo de idiomas y la destreza en el arte de la guerra.
Cinco años duró la misión, en los cuales asciendieron por montañas encumbradas, cruzaron ríos desconocidos y lugares extraños, siempre en dirección sureste; luego, atravesarían el país de los zíngaros vadeando el Danubio y llegarían a la Tracia, primera meta del viaje; allí, en la ciudad de Hebros, fueron recibidos por Flexos, quien puso a disposición de los germanos el reino para los fines propuestos.
Entre tanto, Menotas fue implacable en su gestión de mentor. Y a pesar de los reproches del príncipe le impuso lecciones de latín y griego, aduciendo que para combatir y vencer a los enemigos debía empaparse de su cultura, y llegar al fondo de sus reales intenciones. Pero el mentor iría más allá, y le hizo vestir toga y lo presentó a ilustres retóricos, filósofos e histriones, hasta el punto de que Gothan terminó asimilando, sin prejuicios, la cultura romana explicándose el por qué de su influencia y poder sobre el mundo.
Y, así, mientras su padre atendía importantes negocios de estado, el príncipe era entrenado en las artes bélicas, manejo de la caballería y administración del reino. Y en sus momentos de ocio participó, con éxito, de la caza del tigre en las montañas de Capadocia.
Con un caudillo inteligente y decidido al frente de los conjurados, los reyes se reunieron en Galatía (Bitinia), y acordaron ofrecer apoyo a Decébalo contra los romanos de Panfilia y Asia Menor, pese a que por entonces les llegaron noticias desfavorables: Nerva, en estado avanzado de enfermedad extraña, había entregado a Trajano la legión Minervina, con la que se aprestaba a invadir los pueblos del este del Rhenus y aplastar toda resistencia.
Enterado, Zefir decide regresar de inmediato a Germania en auxilio de su pueblo y organiza allí ejércitos para enfrentar el peligro de las legiones al mando de tan temible general. Pero cuando arribó a Nóricuos le dió alcance un correo, que le llevaba noticias de la invasión de Adriano, según órdenes del divino Trajano, a la ciudad de Sarmizegetusa y la muerte de Decébalo por suicidio mediante veneno.
Ya en Germania, Zefir seleccionó ejércitos, y entregó a Gothan los más valientes y esforzados: cuatro cuerpos de nibelungos con los cuales éste debía enfrentarse a Claudio Marcelo en el recodo del Retia, río que nace en el mismo sitio del Danubio, con los resultados ya conocidos.
Cuando los recuerdos cesaron, el herido se escurrió hasta el piso contemplando el cielo y las vio. Eran colosales. Dos águilas con gran envergadura que se mecían en el espacio mediante círculos concéntricos; --"son las Valkirias, que vienen por los cuerpos de los héroes para conducirlos al Vahalla, son puntuales"--, se dijo; e hizo un postrer esfuerzo para incorporarse pero no pudo; y se quedó profundamente dormido con un sueño nada reparador, pero lleno de premoniciones, sombras, situaciones y personajes acentuadamente místicos y extraños.
"La bestia, la gran bestia, de mirada torva acecha y se ensaña contra sí para mostrarse endemoniada, con sus pezuñas rastrillando y crepitando fuego al pulverizar la roca, pero al notar mi presencia embiste provocándome pavor, ante lo cual yo escapo trepando la pértiga que oscila bajo el peso del cuerpo con peligro de caer y ser arrollado por la furia del homo-tauro, cuya cola elástica y verrugosa enróscase cual víbora deshaciéndose luego con un golpe como chasquido de látigo y/o trepidar de lanza arrojada a la búsqueda de huesos, piel o músculos para desgarrarlos, según el empuje de su ominoso cuello nervudo, decidido, broncamente oscuro que me obliga a ir ascendiendo por entre traviesas sin fin, freneticamente aguijoneado por el pavor, y cuando estoy por alcanzar el pináculo de la escalera para escabullirme, el engendro corta la retirada doblegándome, haciéndo que me sienta desfallecido, desvencijado, con la fatiga convertida en impulso inyectando nuevo vigor para ensayar un último esfuerzo y seguir huyendo quizá a ningún punto fijo, y así, mientras dudo, el colosal toro ritual, mítico, regresa para adueñarse de la escena, desaparecer y revivir de nuevo, como torrente de fuego fatuo a cuyo resplandor magnifica su tenebrosa sombra por entre grutas chispeantes de lava que perforan la corteza de la tierra, condenándome a vivir sin espacios, confundido entre los vericuetos de mis propias contradicciones, náufrago aterrorizado por el vórtice de tormentas siderales, brizna de materia imposible de encajar en ningún ordenamiento espacial, dada la ambiguedad y la incertidumbre de si he sido, soy, o seré, como alma perdida, desbordada por incidencias desconocidas confabuladas en mi contra, y, además, confuso, porque soy causa y efecto de mis desventuras nacidas y muertas dentro de mi naturaleza que duda huyendo despavorida, mientras avanzo hacia el tenebroso río del desamor y del olvido, que fluye, brama se desborda y ruge, por entre un cauce pesado y pestilente, obstruyendo mis deseos de vivir no obstante los fallidos intentos para enervar el temblor que aqueja mis menguadas fuerzas, y todo ello a tientas, sin hallar el lugar para vadear la tenebrosa corriente y ocupar el papel de redento caminante de senderos nuevos y promisorios que permitirían, si los concluyo acertadamente, definir el cómo de cualquier solución, al tiempo que intuyo que no podrá haber solución por causa de la insania de mis entresueños que los crea y los ve venir convertidos en guerreros descarnados cabalgando, cruzando los umbrales de la nada con rostros iracundos y provistos de agudas alabardas y filosas dagas, mientras yo afligido, desnudo, vulnerable, sé que sucumbiré a las heridas que están por causarme sus letales armas, por lo que imploro angustiosamente pues intuyo que todo es intemporal, equívoco, si ahora estoy en el reino de mis padres, cuyos parajes oscuros intimidan por sus bosques umbríos, bajo follajes gigantescos con encinas, arces, robles y acacias de abultados troncos sembrados allí desde cuando nació la tierra, todo ello formando laberintos imbricados entre bayas cargadas con frutos podridos eclosionando huevos de coleópteros de succionantes ponzoñas y deformados vientres por los rancios néctares de flores negras, así como negras son las encrucijadas del pensamiento, donde se entretejen oráculos para definir caminos que conducen a ninguna parte, pero que impregnan el ambiente, ya de suyo agreste, de nostálgicas tristezas que acentúan la sensación de orfandad cuando invaden el alma con estigmas crueles de voces muertas por la soledad y la ausencia de caminos por recorrer y de etapas por cumplir, todo sin solución de continuidad, para que yo inmerso en esa visión turbia y agorera penetre por entre sinuosos senderos que conducen a la mansión paterna y me sorprenda hallar a mi madre en el jardín, postrada de hinojos, rezando ante el altar de Irminsul para honrar al Dios Odín, nuestro señor, hasta los confines de la tierra, y más, me siento atónito al escuchar mi nombre y sus súplicas a la divinidad en procura de mi beneficio, lo cual me produce sosiego permitiendo que me detenga a contemplar el traje azul con cofia blanca que recoge sus cabellos destacando la pureza de su rostro y la placidez en su alma, y de súbito, con imprevista visión hace su entrada mi padre para acompañarla con gesto grave en la ceremonia oblativa de aguas tomadas de la fuente sacra, en tanto yo vacilante, apenas conteniendo la ansiedad, espero respetuosamente la culminación del acto sin permitirme expresar sentimientos, a pesar del orgullo que siento al comprobar que mi padre es alto, muy alto, como corresponde a su estirpe y porque ostenta significativas prendas que corresponden a un rey germano, mas así como llegó se aleja, se aparta silencioso, discreto, para que mi madre en privado salmodie fórmulas rituales que puedan dar paz a los guerreros muertos trashumantes, y de repente, sin poder contenerme, profiero un desgarrador grito: ¡madre mía! desbordado de amor, con deseos vehementes de ser cubierto por sus besos y sus caricias, con los cuales yo podría mitigar dudas y desafectos, pero ella no escucha y concluida su oración regresa a sus estancias cruzando el sendero, ignorándome porque sólo soy un espectro que la acosa para despertar sus sentimientos, en vano, y por ello decido obstruir su marcha y obligarla a fijar en mí su atención, sin conseguirlo, porque prosigue su andar y me desborda como si penetrase por entre el cuerpo de un fantasma, sin poder hallarnos, ya que somos sombra de la misma niebla, y, además, porque estoy condenado, perdido en busca de paliativos para mitigar la melancolía que me aflige, tras repasar una a una las partículas de mi ambigua naturaleza que me engaña y me confunde, lo cual incide para tomar de mi caudal de sentimientos, una porción de angustia y algo del rescoldo de la pasión que vive entre mis entrañas, para luego mezclarlos creando nuevas espectativas que se truequen en un dolor definido, lacerante, con el cual yo pueda liberar mi corazón de agobio, y en un acto extremo pienso, "¡el dolor redime!", sin estar seguro, porque caigo en cuenta de que el dolor, sólo como finalidad, no es panacea, y que si me decido a creerlo me distanciaré de mis seres amados, ¡qué horror!y así perplejo, confuso, me transformo en un pez de cuerpo sinuoso, con escamas untuosas que emerge de los abismos del océano, sin referencias incitantes por la luz y el calor del sol, y sin poder percibir nada, porque he brotado del tenebroso reino de las sombras, del allá, para cuyos fines no se requiere de sentidos, sino de sensaciones en la piel desnuda para que el calor penetre por entre los ramales de nervios, de líquidos viscerales y linfáticos, y para que pausadamente produzca malestar, inquietud física de ser, para fusionarse en el no ser, al tiempo que se retoma y vuelve a ser, y, así, mediante esta plenitud dialéctica, yo pueda percibir la fuerza biológica que obra dentro de mi organismo reduciéndolo a la mínima expresión como un paramecio y sintiendo sufrimiento, por cuanto que el dolor lacerante va desgarrando los costados de mi cuerpo destrozando la piel, y así, sobre alucinante delirio, que me aflige y me tortura, lograr comprender que el dolor, como sustento de finalidades y de causas nobles, es libertad, fin supremo de la existencia, y convencido sepa que estoy dotado de metas definidas, al descubrir atónito cómo brotan de mi torso patas y alas emplumadas, las que se estremecen cuando comprueban el entorno, y consciente, pero tímido y confuso, me doy cuenta de que ¡vuelo!, sintiéndome inundado por una epifanía de luz naciente de redención, la que permite que el hecho alucinante prosiga su devenir sin interrupción en mis entrañas hasta suspenderse, definirse y convertirse en ave, si, un ave, soy un águila lista para remontar el vuelo."
El sueño ha cedido y las imágenes desaparen. El joven Príncipe va despertando mientras su corazón late aceleradamente. Siente la piel enjuagada de copioso sudor, signo de que ha sufrido un conflicto interno por pasiones e instintos desbordados sin el control de la conciencia.
Se incorpora y reflexiona. Trae a la memoria los acontecimientos recientes, confrontándolos con la simbología del sueño. Los Dioses le han enviado un mensaje que jamás podría olvidar: su angustia y sufrimiento no han sido en vano, porque es consustancial al hombre el dolor, el sacrificio, la aflicción y el miedo para conseguir la auto afirmación y alcanzar metas elevadas. Así que recuperando su espíritu, y sano de sus heridas, monta su cabalgadura y plenamente convencido de su destino marcha presuroso y confiado a combatir y vencer las legiones de Trajano.

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