La joven permanece sentada frente al espejo del peinador y se muestra preocupada. La alcoba le parece estrecha y asfixiante. Entonces, con ademán seguro se incorpora y se dirige hacia el ventanal para escuchar los rumores de la tarde, que le parecen petrificados en el aire denso del sol de agosto. Presurosa aparta el visillo del cristal de la ventana para atisbar afuera midiendo el tiempo. Satisfecha, pero dubitativa, regresa y ocupa de nuevo la abullonada banquetica.--- "¡Es un desatino!"--,reflexiona. --"¡Pero siempre ha de haber una primera vez!"
No hay duda, está decidida. Cobijada por la intimidad del cuarto resuelve entregarse a su propia contemplación en el espejo. De las cornucopias del mueble brotan reflejos intermitentes de luz opalina, mientras sus manos liberan el cabello que se desgaja y cae en cadejos de trigo maduro sobre sus hombros desnudos. Seducida por su propia pasión se detiene y fija la mirada sobre el cristal improvisando coqueto mohín, que le acentúa los hoyuelos en las mejillas. Más tranquilla, sin premura, se dirije al guardarropa y extrae algunas prendas íntimas. Toma la apropiada para su capricho y la mide sobre sus senos, que se yerguen suaves e insinuantes. Se trata de un sujetador de seda con diminutos encajes amarillos. Pero no queda satisfecha. Toma otro y otro, y por fin se decide por cualquiera. Lo mismo pasa con los breves mutantes interiores. Sin embargo, queda complacida cuando comprueba que la prenda acentúa las curvas del perfil posterior de su cintura. Y una vez más consulta el reloj de bronce apoyado en la consola. Los punteros son saetas; y circundan la esfera dos monos en bronce que la están obsersanvando en actitud burlesca.
--- "¡Las dos de la tarde!"--, piensa.
---"¡De aquí a las seis, el tiempo será como un elástico!"
Para ocuparse en algo toma de la mesita de noche un librillo de poemas, abre una página señalando "PARA ENTONCES", lee, y deja discurrir el pensamiento sobre cada verso, que transcurre rápido, sin interpretación alguna.
"Quiero morir cuando decline el día,
En alta mar y con la cara al cielo;
Donde parezca sueño la agonía,
Y el alma, un ave que remonta el vuelo."
Se Interrumpe y murmura: "donde parezca sueño la agonía, y el alma un ave que remonta el vuelo."
---¿Un ave? --Sí. ¡Una paloma! O un cóndor de Los Andes, para remontar cumbres ariscas y divisar el mundo desde el cielo.
Cubre su cuerpo con una levantadora y oprime el timbre para llamar la servidumbre. Acude una mujer menuda.
--- ¿Aleja, han llamado mis padres desde Cartagena?
---¡No, mi niña! ---, es la respuesta.
--- ¡Y es muy extraño!--, añade con preocupación, la empleada.
--- Si llaman, diles que he salido; y que he olvidado el teléfono movil en mi nochero.
---¡Con el mayor gusto!, mi niña.
---¡Ah!, y cuando él llegue... hazlo subir de inmediato a mi recámara. Luego puedes marcharte.
---¡ Por supuesto!, mi niña.
La empleada dibuja una socarrona sonrisa en el rostro cetrino.
Tras las instrucciones, la chica cierra la puerta y se concentra en la quietud de la habitación, donde el silencio penetra los rincones. Y con miticulosidad de ritual pagano se desnuda y se abandona sobre el cubre-cama del lecho de de madera para luego, apoyada en los codos, detallarse con solaz ante su propia obra maestra cultivada esmeradamente durante tres lustros y seis meses. Complacida se relaja. Después, con manos diestras, escudriña la piel de su cuerpo con vanidad en una contemplación subjetiva y traviesa, muy propia de su sexo. El dorso de sus manos es blanco, delicado; y las uñas esmaltadas con barniz nacarado destellan a la luz de la lámpara junto a la cama. Sensiblemente excitada por su fantasía, con dedos ágiles y sedosos transita los espacios mórbidos del cutis deteniéndose en determinadas zonas ricamente sensoriales, que podrían incrementar el placer de una auto afirmación delicadamente femenina. Complacida suspende el éxtasis; y se incorpora de repente dirigíendose al espejo, donde contempla maravillada su cuerpo pleno, en exhibición de narcisismo hedonístico adecuadamente dosificado. ¡Ella en sí es una ofrenda! Así que, vivamente gratificada, va dejando discurrir los recuerdos a su antojo. Y cuando tropieza con algo evanescente de sus debilidades de hembra oprime los muslos, ya húmedos y trémulos, con singular vehemencia. El fragor de la experiencia la embarga de fatiga, pero se supera con impaciencia. ¡De nuevo confronta el tiempo! El reloj marca las cinco de la tarde. Incrédula, vuelve y lo confirma con el cuadrante de la torre de la iglesia de Lourdes que divisa a distancia; los ecos de las campanadas le llegan acelerando su corazón y aumentándole los pulsos. Serénase un momento, y compuesta frente a la luna del espejo, dirige la vista a los pomos de perfume a su disposición. Descarta dos o tres y se decide por el más apropiado para su finalidad. Se trata del Mitsouko, cuya mixtura compuesta por esencias florales, sándalo y helechos, armoniza perfectamente con la personalidad de la joven tigresa.
Sumergida entre un pozo de emociones, apenas recapacita y comprueba que falta una hora para el encuentro. "¡Sesenta minutos!" Por lo que regresa al lecho yaciendo sobre un costado, que la pone frente al cuadro "El Rapto", obra extraña de Paul Cézanne que cuelga de uno de los muros de la entrada a la habitación. Se detiene y lo analiza; los trazos duros impregnan de dramatismo singular los cuerpos desnudos, especialmente a Perséfone en el momento de ser raptada por Hades, príncipe de los infiernos. Ensaya una comparación mental y, para su gusto, halla que es superior Renoir, en especial con "Señoritas tocando el piano"; y se asombra cuando halla semejanzas de sí misma con la figura femenina que ocupa el primer plano en la pintura. ¡A esa hora su desasosiego es intenso, torturante! Se incorpora, sintoniza la radio, busca en el dial FM y encuentra a Chopin, que no le dice nada. Pone un CD en la consola: Beethoven, Appassionata; pero aduce que las románticas notas limpias y ligeras del piano no encajan con su necesidad afectiva; y decide definitivamente la lectura.
Toma el libro de poemas de su nochero. Abre, "PARA ENTONCES", (que ha leído antes), y lo compara con el "NOCTURNO", de Silva. Busca en el índice: "SILVA, JOSÉ ASUNCIÓN". Poeta colombiano que se suicidó de un disparo en el corazón, agobiado de una terrible pulsión incestuosa por su hermana Elvira, una adolescente de ojos lánguidos. Ultimo de los románticos americanos, innovador. Su obra principal el "NOCTURNO".
Lee los primeros versos:
"Una noche,
Una noche toda llena de murmullos, de perfumes
Y de música de alas,
Una noche
En que ardían en la sombra nupcial y húmeda
las luciérnagas fantásticas,
A mi lado lentamente, contra mí ceñida toda, muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas
Hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
por la senda florecida que atraviesa la llanura
Caminabas..."
Se detiene y piensa, "definitivamente ambos, Gutiérrez Nájera y Silva tienen un sentimiento trágico de la existencia. ¡Pero es que la existencia es trágica!" Y abandona el libro. --That is old fashion,-- comenta y sonríe. Si, old fashion. Cuántas veces su madre la había reñido por aquellas muletillas en ingles.
--- Tu idioma es más bello, usa el español, querida.
Impaciente por el cúmulo de incidencias, corta la reflexión agudizando el oído porque le parece escuchar golpes acompasados en la puerta de la habitación. ¿ se habrá anticipado? ¡Imposible! Y se da una explicación: "pudo haber sido la batiente de alguna ventana que no quedó bien ajustada cuando la empleada las revisó. "
Los hechos se convierten en confusión y dudas, porque de improviso recuerda pláticas nocturnas con su abuela sobre narraciones tenebrosas, fruto de seres sacrílegos por deseos concupiscentes. Y por primera vez sufre de temores por la ola de sexualidad desbordante que escapa a través de su piel, como Eva pecadora inclinada a las malas pasiones, al incesto, a los horrores de la sodomía, a la verguenza por sus experiencias onanísticas, a la poligamia de los indignos, al vil adulterio; y a los inconfesables pecados de la prostitución, a que se siente arrastrada por aquel sentimiento apasionado y nuevo que invade y quema su piel y sus intimidades.
Lo anterior la da por señalada recurriendo al mecanismo de defensa: la huída. En el fragor de la lucha emocional los párpados se niegan a permanecer abiertos y en vigilia, y como puede llega hasta el lecho, se inclina y cae abatida en profundo sueño. Cuando la inconsciencia se intensifica irrumpen en su mundo secuencias de imágenes y circunstancias que la confunden entre la realidad y el mundo onírico. Entonces, sueña...
"...por la ventana brumosa de la sala penetra intenso bochinche, como si estuvieran festejando algún evento novedoso. Curiosa, asoma la cabeza y observa una abigarrada multitud de comparsas, músicos y bailarines; como la parodia del Carnaval de Barranquilla, ¿pero allí? y ¿en diciembre? No había duda: por calles, plazas y parques, y sobre tarimas de madera se desplazan las marimondas, los diablillos de la danza del garabato, los congos y los monicongos; las calaveras, los esqueletos, los monocucos; La pata sola, maría moñitos, El hombre sin cabeza...; todos al ritmo de gaitas, tamboras, acordeones y flautas de millo. Pareciera como si todo un mundo de sortilegios se hubiese volcado para celebrar las festividades en un frenesí alucinante de figuras desarticuladas vistas a través de cristales superpuestos. ¡Tal cosa, nunca se había visto en Bogotá! Admirada por el espectáculo, mira a su derecha y lo identifica. Él la observa sonriente; pero su risa es burlona, cruel, y le envía señales que ella no atina a interpretar. Entonces cae en cuenta que aún no ha terminado su arreglo y maquillaje. Presurosa, desconecta y apaga los teléfonos. (¿Todo ello no lo había hecho antes?) Con renovado afán regresa al interior del cuarto. Viste sobre la piel desnuda dos prendas solamente. Se arregla el cabello, abre el pomo del perfume y con la yema de los dedos aplícase tenues unturas tras los lóbulos de las orejas y sobre las articulaciones de las manos. Mientras tanto, se sumerge en un cúmulo de imágenes indefinidas. Se cubre con un vaporoso deshabillé que le trasluce las prendas íntimas ceñidas al cuerpo, esperando, no supo cuánto tiempo, para escuchar movimiento tras la entrada de la escalera que conduce desde el vestíbulo a la segunda planta. E igual como comenzó, cesa el bullicio del carnaval, y el silencio penetra y llena de nuevo los espacios de la alcoba. Transida de emoción percibe tres golpes leves en la puerta. Con movimiento de cámara lenta, como si caminase sobre el viento, da varias zancadas y con trabajo logra abrir la puerta. Una figura con disfraz veneciano, vestida de capa escarlata y cubierto el rostro con antifaz blanco y nariz prominente, la encara. La identifica por la voz. ¡Es Aleja!, quien sobre un charol de plata le entrega un sobre pequeño, cuyo destinatario está escrito con letra varonil. Sorprendida, toma la esquela, la junta contra el pecho y cierra la puerta apresuradamente. Nota su nombre escrito. ¡No hay duda! Mide con angustia el contenido del sobre y pretende adivinarlo. Pero no lo abre. Confundida, se mira en el espejo y le hiela la sangre la mujer ajada, rugosa y encorvada que está reflejada allí. ¡Se explica el por qué de la carta! Llena de pavor busca un lugar dónde refugiarse, porque siente vergüenza de su propia figura; pero no encuentra sitio alguno; y agobiada por falta de escape a su desventura, se deja caer desfallecida sobre la cama, --que sigue vacía--. Luego llora inconsolablemente, no supo por cuánto tiempo..."
La afloración de las emociones reprimidas suple los sentimientos de culpa, como catarsis; y, en una simbiosis, entre la realidad y la fantasía, permitida sólo en los sueños y los entresueños, se siente plenamente liberada. Así que, descansadamente, prosiguió su sueño.
El ambiente es intemporal, vacío; hasta que el reloj de los simios señala las seis de la tarde. Luego, escucha golpes intermitentes a la entrada de la habitación. Se despierta suavemente, poco a poco y va haciendo consciente el ámbito que la rodea. Observa, sin precisarlos, los objetos del decorado cuando oye nítidamente voces en la puerta que la incitan a abrir. ¡Voces amadas y reconocibles! Se incorpora radiante, con la mejor de sus sonrisas y, presurosa, abre lo suficientemente las batientes para permitir que él penetre en la alcoba y en su corazón.

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